miércoles, 13 de agosto de 2014
CAPITULO 106
El miércoles por la tarde, Pedro partía hacia París en un Boeing 777 de Air France, que salía a las 18.15 horas desde el aeropuerto JFK.
Paula lo había acompañado para despedirlo: se iba durante seis días y era la primera vez que se separaban tras el ataque.
—Mañana, cuando salgas del médico, me llamás para contarme qué te dijo y no te olvides de preguntarle cuándo podremos volver a hacer el amor. —Le guiñó un ojo.
— Sí, mi amor, no te preocupes: también yo estoy
interesada en eso —se carcajearon y Alex le mordió la barbilla—. Lo que no tengo muy claro es cómo voy a hacerlo para consultarlo con Ana a mi lado, acordate de que ella me quiere acompañar.
—Buscá la manera, Paula, por favor, me urge saber cuándo
podremos retomar nuestra intimidad. Te deseo, nena.
—Yo también siento esa urgencia, Pedro. Espero que el
doctor Callinger me dé el alta ya.
—Bueno, no te apures, todo a su debido tiempo. Si tenemos que seguir esperando, esperaremos. Después de todo, mi «amiga» — dijo mientras levantaba su mano y se la enseñaba— se está portando muy bien. —Se carcajearon.
Ella le dio un sonoro beso y luego le delimitó los labios con su dedo índice.
—Ojitos, llamame en cuanto llegues a París. Mirá que voy a
estar despierta, esperando que lo hagas. —Se habían quedado abrazados; Pedro la tenía pegada a su cuerpo y ella estaba aferrada a su cuello.
—Prometo que, en cuanto pise el aeropuerto, te llamo. —Se
miraron y se olisquearon un instante más—. ¡Uf, nena! ¡Cómo nos cuesta separarnos! —Habían empezado a llamar a los pasajeros del vuelo de Pedro.
—Pero tenemos que hacerlo, debemos retomar nuestras vidas y cumplir con nuestras obligaciones.
No podemos vivir pegados, necesitamos recuperar una vida
normal, en todos los sentidos, para dejar atrás todo lo malo que nos ha pasado.
—Es cierto, tenés toda la razón, necesitamos cierta
normalidad en nuestras vidas, pero me encanta vivir pegado a vos; se me da muy bien hacerlo. — Sonrieron y se besaron—. ¿Vas a extrañarme?
—Ya estoy extrañándote —le contestó ella de forma marrullera; a Pedro le encantaba que le hablara así.
Volvieron a llamar al vuelo de Air France con destino a París y no podían estirar más la despedida.
Se besaron de manera arrebatadora y se abrazaron con
desmesura; no podían apartarse, pero tenían que hacerlo. Pedro le dio otro beso y luego la soltó, deslizó
sus manos por los brazos de Paula hasta llegar a sus manos, le lanzó un último beso al aire y empezó a caminar, alejándose de ella.
Mientras lo miraba partir, Paula se acariciaba los labios que él había poseído hasta último momento.
Pedro se dio la vuelta una última vez, antes de traspasar la
puerta, y entonces ella le gesticuló un «Te amo» silencioso, que Pedro contestó diciéndole: «Yo más».
Luego, se marchó.
Paula dio media vuelta y salió del lounge. A pesar de lo que
significaba la despedida, no podía dejar de sonreír, se sentía amada, Pedro era todo lo que alguna vez había soñado que fuera y eso la contentaba, la hacía sentir plena y dichosa. Afuera de la sala vip, Oscar la esperaba, pacientemente sentado en una de las banquetas de la terminal, para llevarla hasta el Belaire. El aeropuerto era un caos, acababan de llegar varios vuelos y la gente bullía. Le pareció oír gritar su nombre y la voz le resultó conocida, pero no le dio importancia. Siguió caminando hacia donde la esperaba Oscar; él se puso de pie para escoltarla hasta
el estacionamiento, pues Pedro le había encargado que no la dejara ni por un instante. Era imposible que no sintiera miedo después de lo que le había pasado. En ese mismo
instante, volvieron a gritar su nombre y entonces ella sí se dio la vuelta y se encontró con Gabriel Iturbe, que venía caminando desde la zona de llegadas, bastante apremiado por alcanzarla; no paraba de hacerle señas.
—Aguarde un segundo, Oscar,ya vamos.
—Por supuesto, señorita Paula, no se preocupe.
Gabriel continuó apurando su paso, hasta que llegó a su lado.
—Paula, cuando te vi, imaginé que eras una visión.
—Hola, Gabriel —le contestó ella con frialdad, sin darse por
enterada de su insinuación.
—¿Cómo estás? —La cogió por un brazo, le dio un beso en la mejilla y la estudió a conciencia de los pies a la cabeza—. Vengo de Mendoza, vi a tu hermano y me contó lo que te había ocurrido.
¿Estás bien, Paula? Me preocupé mucho cuando me enteré. En realidad, me hubiese gustado saberlo cuando ocurrió, para poder acompañarte.
—Estoy perfectamente bien, gracias; ya pasó todo.
—¡Dios! Me explicó que habías estado muy grave, estuve
llamándote —le dijo con angustia,la abrazó y ella tensó su cuerpo; Gabriel notó su incomodidad y la soltó de inmediato—, pero nunca me devolviste las llamadas.
—Lo siento, es que mi móvil se perdió y ahora tengo otro
número, uno local —le explicó ella.
—¡Ah, ya entiendo! Entonces, ¿no es que no me hayas querido contestar? —le preguntó y la miró ilusionado, pero ella no le contestó
—. Tomemos algo en el Starbucks de la terminal.
—Me está esperando el chofer —se excusó ella, aunque el
argumento resultó tonto y débil, pero fue el único que se le ocurrió.
—Paula, es sólo un café.
Ella se quedó mirándolo y él también, mientras esperaba una respuesta. Resignada y sin poder encontrar mejor excusa para rechazarlo, aceptó su propuesta. Se dio la vuelta y le pidió a Oscar que la acompañara: no quería
malentendidos con Pedro.
Caminaron hacia el local.
Oscar, como siempre muy discreto, los seguía rezagado a escasos metros y pensaba en lo mucho que se iba a disgustar su jefe cuando se enterase. De todos modos, decidió que no iba a contarle nada si no le preguntaba, pues asumía que ella lo haría. Sencillamente, no deseaba quedar como un soplón.
Paula, mientras caminaba, discurría lo mismo que Oscar y,
aunque Gabriel le hablaba, ella realmente no lo escuchaba. En su mente, sólo cabía Pedro y su reacción cuando se enterase.
Finalmente, se acomodaron en una de las mesas del café. Gabriel se pidió un frapuccino y Paula un té Earl Grey.
—¿Qué hacías en el aeropuerto?
—Vine a despedir a Pedro, que tuvo que viajar por trabajo. ¿Y vos me dijiste que venías de Mendoza?
—Mi papá no anda muy bien y aproveché un parón en el trabajo para ir a verlo.
—¿Es grave?
—Debe tener cuidado, anda con la tensión un poco alta, pero además es bastante cabezón y no se cuida. Precisamente, por eso fui, para sermonearlo y que le facilite
las cosas a mi mamá, que sólo se preocupa por cuidarlo; la está volviendo loca, pobrecita.
—Lo siento, espero que se estabilice.
Él asintió con un movimiento de cabeza.
—Y vos, ¿cómo estás? —le cogió la mano y Paula, con premura aunque sin ser muy brusca, la retiró; sabía que Oscar los observaba. En seguida, tomó el recipiente que
contenía el té y bebió un poco para disimular.
—¿Qué pasa? ¿El chofer es el informante de tu novio?
Paula lo miró, él estaba en lo cierto pero no pensaba aceptarlo.
—No entiendo a lo que te referís. Por otro lado, de ser así no habría nada que pudiera contarle más que esto —dijo y señaló con su mano las cosas que había sobre la mesa—, sólo estamos tomando un café y un té, mientras charlamos
como dos amigos.
Gabriel clavó su mirada en la de ella y Paula no pudo
sostenérsela. Acto seguido, cogió un sobre de edulcorante y fingió juguetear con él mientras lo esquivaba. Él sonrió con
resignación.
—Te pregunté cómo estabas, aunque se te ve bastante repuesta, pero mucho más delgada.
—Estoy muy bien, te lo dije antes, apenas nos encontramos y, sí, estás en lo cierto, perdí bastante peso, pero ahora estoy recuperándolo.
—Estás muy distante conmigo, no parecemos los mismos de Mendoza. —Ella no le contestó—. ¡Cuántas complicaciones te provoca ese tipo!
Paula lo miró fijamente.
—A mí no me lo parece, lo que me ocurrió no es culpa de Pedro.
No sabés el trasfondo como para poder emitir esa opinión, así que te informo de que no resulta nada correcta tu teoría.
—¿No es acertada? ¡Paula! — exclamó Gabriel y la cogió del mentón para que lo mirara—. En San Rafael, no dejabas de llorar por los rincones recordándolo, aunque te había abandonado; luego te dijo dos palabras y te engatusó de nuevo y, ahora, ¡te pegaron un tiro por su culpa!
—Dejame decirte que tu análisis de la situación es bastante
superficial. Para empezar, Pedro no me engatusó con dos palabras. Que vos creas eso realmente me ofende, pues me da a entender que me considerás una mujer muy fácil. Él
me enamora a diario, nuestra relación es un compromiso que reforzamos cada día con la inmensidad de nuestro amor, y es por eso por lo que vamos a casarnos. En segundo lugar, el disparo que recibí fue producto de la locura de una mujer despechada, una historia sin importancia que él tuvo mientras no estaba conmigo,
sólo que ella no lo asumió del mismo modo —le explicó Paula en un tono hostil.
—Lo siento, no quise ofenderte, pero es que, aunque quiero evitarlo, no puedo dejar de sentirme celoso. Paula, no puedo olvidarte. En Mendoza, me ilusioné con que lo nuestro podría ir más allá de una amistad, pero sólo te
veo pasando penas por él y vos aceptás que no te respete.
—Creo que mejor me voy, los dos estamos perdiendo el tiempo acá. Amo a Pedro y no puedo quedarme sentada escuchándote, sin pensar en que estoy faltándole al hombre que adoro. No está bien que me quede consintiendo que te me declares.
—¡Vaya, no conocía a esta Paula aguerrida! Me duele mucho que lo defiendas con tanta vehemencia. Aunque no te interese oírme, ésta es la única oportunidad que tengo para decirte lo que pienso. Paula, si hubieses estado a mi lado te hubiese cuidado con mi vida y nada de esto te hubiera pasado. Estoy enamorado de vos, te dije una vez que te esperaría y hoy vuelvo a repetírtelo. Estoy seguro de que él te defraudará de nuevo. El hombre con quien estás no tiene un buen historial con las mujeres, no sabe asumir compromisos profundos con nadie.
—No sé de dónde sacaste algo así, creo que vos y Pedro no se conocen lo suficiente como para que afirmes todo eso.
—Ordené que lo investigaran, no te enojes —volvió a coger su mano; ella no podía creer lo que estaba oyendo—, porque creo que necesitás saber con quién estás.
Creeme, él no te conviene, es un niño bonito que sólo sabe seducir y dejar a las mujeres con las que sale; si no mirá cómo enloqueció a esa que terminó disparándote. Paula, te
quiero bien y debo prevenirte: ese hombre no te conviene.
—Lo siento, Gabriel, no quiero ser grosera. Acepté venir
porque creí que habías entendido que vos y yo sólo podíamos ser amigos, pero si vas a insinuarte y, por si fuera poco, atreverte a hablarme con tanto desparpajo de Pedro, creo que es mejor que me vaya.
Paula se puso de pie y él le cogió la mano. Se quedaron
mirando.
—¿Me das tu teléfono? —Ella clavó sus ojos en él, pero no le contestó y apartó la mano—. ¡Esperá, Paula! —Gabriel extrajo de su billetera una tarjeta de presentación y un bolígrafo; garabateó con premura su dirección y se la entregó—. Por favor, quiero que tengas mi dirección por si
necesitas cualquier cosa. No estás sola en Nueva York, me tenés a mí para lo que necesites.
Ella no dijo nada pero aceptó la tarjeta que él le puso en la mano, luego salió del lugar. Gabriel no intentó retenerla. Paula fue hacia la salida y él se quedó observándola
alejarse mientras se acariciaba el pelo.
«Sé que es cuestión de tiempo. Voy a esperarte, hermosa, él te va a desencantar de nuevo y ahí voy a estar yo para consolarte y ofrecerte mi amor.»
CAPITULO 105
Después de esos días en Miami habían regresado a Nueva York. El ánimo de Paula estaba bastante afianzado. Sin duda, traer a sus amigos de Buenos Aires y terminar su recuperación en esa jubilosa ciudad había sido muy buena idea.
Como habían acordado de antemano con su cuñada, ese mismo día Paula y sus amigas quedaron con Luciana para ir a escoger los vestidos de las damas de honor.
Paula sólo les había pedido que todos fueran de color plata. En cuanto al modelo, que cada una eligiera el que le sentara mejor. La tienda se convirtió en un verdadero cotilleo de salón hasta que se pusieron de acuerdo. Finalmente
todas salieron de allí satisfechas por su elección. Paula se encargaría de recogerlos cuando los arreglos estuviesen listos.
El martes por la mañana, todos partían hacia Argentina; Alejandra también, así que Pedro y Paula fueron a despedirlos a todos al aeropuerto.
—Mamá, voy a extrañarte, me había acostumbrado a tenerte en casa.
—Yo también te voy a echar de menos, hija, pero regresaré
pronto, cuando vayas a elegir tu vestido de boda.
—Sí, en cuanto concrete la cita, te aviso y, por favor, decile a Mariana que también la quiero acá, conmigo, para ese momento.
—Estoy segura de que le encantará acompañarte y Clara, ¡uf!, estará encantada de venir a casa de su tía. —Estaban llamando para embarcar y Paula se abrazó incansablemente con cada uno de los viajeros.
—Pendeja, te vamos a extrañar.
—¿Lo pasaste bien, Eze?
—Excelente. —Ezequiel le agradeció mucho la estadía a Pedro y Mati, por su parte, hizo lo mismo.
—Todos nos llevamos un gran recuerdo de este viaje, son unos anfitriones excelentes tanto vos como Pedro —agregó Daiana y todos asintieron.
—¡Ah, lo bueno siempre se acaba! —le dijo María Paz a Mikel, que la cobijaba entre sus brazos, sin querer que se fuera de su lado.
—Cada vez se me hace más difícil separarme de vos, linda.
—¿Vas a extrañarme?
—No dudes que así será. ¿Qué estás haciendo conmigo, chiquilla? Me tenés estúpido, nena.
Pedro y Paula se abrazaron mientras despedían a sus amigos y a Alejandra con señas mientras ellos se alejaban. Les hacían ademanes sin parar y agitaban la mano
saludándolos. Mikel, cabizbajo y en silencio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, se quedó observando cómo Mapi se distanciaba. Se lo notaba profundamente triste y le importó muy poco disimular. Al final, todos
desaparecieron tras la puerta de embarque.
Pedro notó la amargura de su amigo y le palmeó la espalda
para darle ánimos.
—¡Cuánta seriedad, Mikel Wissler, no te conocía ese gesto!
¡Vamos, levantá ese ánimo que tres semanas pasan pronto! Cuando quieras acordarte, Mapi y vos volverán a reencontrarse —intentó animarlo Paula también.
—Paula, debo reconocer que tu amiga me tiene totalmente
pelotudo —le dijo.
—Creo que, en realidad, te tiene enamorado. ¡Cómo les cuesta, a ustedes, los hombres, reconocer sus sentimientos!
CAPITULO 104
Era su última noche en Miami y Pedro había planeado una gran despedida: quería que todos se fueran con un muy buen recuerdo del viaje. Había hecho una reserva para cenar en Scarpetta, un lujoso y sofisticado restaurante italiano dentro del Fontainebleau. El lugar tenía un diseño interior inspirado en la náutica, con mosaicos de mármol, aunque el cuero, el acero y los cordeles eran los materiales que predominaban. Las ventanas, que iban del techo al suelo, ofrecían una maravillosa vista panorámica del mar. Desde ahí podía accederse a una hermosa terraza que lo rodeaba.
En cuanto llegaron, pasaron a un salón de cócteles, mientras les preparaban la mesa que Pedro había reservado. Después de cenar, se trasladaron al nightclub más famoso de Miami, LIV, un lounge exclusivo donde a diario presentaban sus remezclas
diferentes disc-jockeis famosos.
Esa noche el local estaba a tope, pues el invitado era David Guetta.
Pedro había reservado un lugar único en uno de los palcos
privados, donde iban a tener una perspectiva privilegiada del
espectáculo. Paula estaba y se sentía muy sensual; se había puesto uno de los vestidos de Hervé Léger que había comprado por la tarde. El modelo de franjas en negro se
amoldaba a su cuerpo, pues estaba confeccionado en lycra y se adhería a la perfección; donde se cruzaban las tiras del escote halter se formaba una lágrima que dejaba al descubierto la sinuosidad de sus senos. Por atrás, la exquisita desnudez de su espalda quedaba al descubierto hasta la cintura. Para completar su atuendo había elegido
unos zapatos de tiras cruzadas y plataformas adornadas con cristales Swarovski. Estaba despampanante.
Pedro permaneció aferrado a su cintura en todo momento, se lo veía muy feliz. Él también estaba impecable, fiel a su estilo, vestido íntegramente de negro, majestuoso y atractivo.
—¿Qué les parece el lugar? — preguntó Mikel mientras los
acomodaban a la mesa.
—¡Fabuloso! —exclamó Mati mientras miraba hacia el techo y se fijaba en todos los detalles. Todos estuvieron de acuerdo con él.
Se sentaron en el palco que Pedro había reservado, Paula se asomó al balcón para inspeccionar ella también la distinguida discoteca.
—¡Vaya, qué buen local! Ahora entiendo su fama, este sitio
obnubila —afirmó mientras se volvía para sentarse en uno de los sillones de tapicería dorada.
Pedro la miraba embobado; esa mujer despertaba en él sentimientos que jamás había creído poder sentir. Cuando había aparecido en la sala del ático, con ese vestido,creyó que había vuelto a enamorarse, porque tuvo la misma
sensación que cuando la había visto por primera vez en el Faena.
Entonces supo, a ciencia cierta, que había sido en ese preciso instante cuando habían comenzado a despertarse sus sentimientos por ella.
Una camarera, que parecía conocer muy bien a Mikel y Pedro, se acercó muy pronto a tomarles nota. Al aproximarse, la chica los había saludado a ambos con un
beso en la mejilla.
—¿Qué quieren tomar? — preguntó Pedro haciendo extensiva su pregunta a los demás.
María Paz, Carla y Daiana pidieron Red Bull y Vodka
Belvedere; Mikel animó a Mati y a Ezequiel para que probaran el «Presidencial», una poderosa mezcla de ginebra, zumo de limón y cerveza; él, por su parte, se pidió
un Thirty Two, con tequila, pomelo y néctar de agave, y Pedro además, pidió dos botellas del exclusivísimo champán Armand de Brignac Rosé, para que pudieran seguir bebiendo cuando terminaran los cócteles que habían pedido.
—Preciosa, pedite un «Little Pink Pearl»; es un cóctel sin
alcohol de zumo de pomelo rojo, lima y sirope de almendra.
Paula asintió y, en cuanto la pelirroja se hubo retirado, lo
interrogó.
—Esa camarera parecía conocerlos muy bien.
—Sí, eso me pareció a mí también —agregó María Paz.
—Hace años que venimos a este lugar —explicó Mikel.
—Igualmente, me pareció demasiada confianza —se quejó
Mapi y, sin poder evitarlo, Mikel se carcajeó; ellos se sentían cada vez más cercanos y habían empezado a surgir sentimientos de posesión.
En ese momento, sonaba S&M, de Rihanna, pero, a lo largo de la noche, se oyeron diferentes temas de rhythm & blues, pop y electrónica y, como a las tres de la mañana, la fiesta se encendió. Al vibrar el tema Titanium, con el que David Guetta arrancó el concierto,la euforia de la gente se desbordó.
En medio de múltiples luces robóticas, mucho humo artificial y multitud de bailarinas con vestuarios vanguardistas. Todos se sacudieron enloquecidos durante las siguientes dos horas al ritmo de:
Love is gone, One love, I can only imagine, Memories y Without you, entre otras canciones que el famoso disc-jockey francés mezcló en su presentación.
—¡Ah, no puedo creer que esté así, con esta movilidad tan
reducida, tenga frente a mí a David Guetta y no pueda bailar como quisiera hacerlo! —se quejó Paula tratando de imponerse a la estridencia de la música.
Pedro la tenía abrazada por detrás y, aunque lo hacían despacio, intentaban moverse al ritmo de la música.
—¿Te gusta? ¿Estás pasándolo bien?—le preguntó él al oído y su aliento le acarició el lóbulo de la oreja.
—Mi amor, ¿que si lo estoy disfrutando? ¡Estoy flipando, Pedro!
No puedo creer que esté viéndolo en vivo y que, además, lo tenga tan cerca.
— Disfrutá, mi amor, me encanta verte feliz. —La besó.
Los demás estaban bailando descontrolados. Les habían
repartido gafas con logotipos en los cristales con el nombre de la disco y el de Guetta, y también unas varas luminosas que agitaban en sus manos al ritmo de la música. En el
punto álgido de la noche, empezaron a caer papelitos
plateados y la gente, emocionadísima, sólo quería seguir
danzando, sin parar, al ritmo del discjockey.
CAPITULO 103
La semana había pasado volando, el último día en Miami había llegado y habían decidido pasarlo en el
Fontainebleau.
Llegaron al maravilloso complejo hotelero ubicado frente a
la bahía Biscayne, en primera línea de mar y que ofrecía vistas espectaculares y un agradable ambiente caribeño.
Entregaron los vehículos al aparcacoches y se dirigieron al
lujoso vestíbulo de brillantes baldosas. Todos se quedaron
pasmados por el esplendor del espacio, que conjugaba a la
perfección el lujo, la modernidad y una exquisita arquitectura. Del techo, colgaban tres majestuosas y
frondosas lámparas de cristales Swarovski. La recepción se
encontraba a la izquierda y, a la derecha, estaba el bar Bleau, con el suelo transparente iluminado por fibra óptica, al pisar el cual daba la sensación de estar caminando sobre
el agua.
—¡Vaya, mi amor, a qué hermoso lugar nos has traído! —
Paula, aferrada a la mano de Pedro, se soltó para cogerlo por la nuca y darle un beso, que él recibió gustoso. Realmente, durante aquella semana, con la grata compañía de todos sus amigos, ambos habían logrado distraerse y olvidar sus problemas por unos días.
—Lo pasaremos genial — afirmó Mikel—; esto es lo más in
de Miami Beach.
—Chicas, acá también pueden hacer algunas compras, así que estoy seguro de que más tarde las perderemos de vista —bromeó Pedro guiñándole un ojo a Paula mientras se dirigía a la recepción para comprobar sus reservas y recoger las entradas del nightclub del complejo. Los demás esperaron en el vestíbulo y, cuando Pedro regresó, el personal del hotel los acompañó hasta una cabaña privada
junto a la piscina, que contaba con servicio de mayordomo.
—Esto es vida, Pedro — exclamó Ezequiel mientras miraba
a su alrededor.
—Tenés toda la razón — corroboró él.
A la hora de comer, les dieron ganas de disfrutar del mejor sushi en Blade, puesto que Mikel no paraba de elogiar el lugar, pero, luego, consideraron que Paula no podía comer ese tipo de comida y decidieron ir a La Côte, donde se
podía disfrutar de una excelente cocina francesa mediterránea.
El restaurante de dos pisos quedaba entre la piscina y la playa, con extraordinarias vistas al océano y rodeado de palmeras: el entorno era muy romántico. Se situaron en
la terraza para sentir que estaban almorzando en la Riviera francesa.
Mesas de pino tea y asientos con cómodos almohadones blancos conformaban un escenario muy placentero donde un disc-jockey amenizaba el ambiente con música hip hop.
—Como entrada, les recomiendo unas tapas de mezze
griego y taboulé, con sangría.
—Nunca he comido eso, Pedro —dijo María Paz—, ¿qué es? — Los demás, salvo Mikel, tampoco sabían de qué se trataba.
—Se trata de una selección de aperitivos, tacos de queso,
berenjenas, tomates, mariscos, pulpo, calamares, langostinos, entre otras cosas, que se acompañan con salsa tzatziki y pan de pita; la salsa está hecha con yogur griego y
pepino —les explicó Pedro.
—Y el taboulé es una ensalada vegetariana, a base de
sémola de trigo, con un sabor muy especial; les gustará —terminó manifestando Mikel. Todos coincidieron en que querían probarla.
—Mi amor, podrías pedirte un jugo de arándanos; es una gran bebida fresca sin alcohol —le propuso Pedro a Paula— y como es frutal, no puede hacerte daño.
—Te haré caso, estoy bastante harta de acompañar las comidas con agua. —Pedro tomó su mano, la levantó y le besó los nudillos.
Mientras esperaban el pedido,el ambiente en la mesa era muy festivo, como lo había sido durante toda la semana.
Hablaban de diferentes temas, los hombres por un lado y las mujeres por el otro.
—¿Paula, pudiste concretar la entrevista en Nueva York? —se interesó Daiana.
—Eso mismo quería comentarles. Anoche hablé con
Luciana y me confirmó que mañana a las cuatro de la tarde nos esperan para ver los vestidos de damas de honor. Mi cuñada es genial, ya van a ver que les caerá muy bien.
—¡Qué bueno que podamos dejar eso arreglado antes de
regresar a Buenos Aires!
—¡Sí! —exclamó Mapi, dirigiéndose a Daiana muy
entusiasmada.
—Para mí también será una enorme tranquilidad, chicas, al
menos ya no tendré que pensar en ello; es fantástico tenerlas a todas acá para poder concretarlo.
—¡Seguro, Paula! ¿Y qué color querés, el que nos dijiste o
vas a esperar para ver mañana lo que hay?
—Hum, Carli, creo que tengo ese color acá metido —contestó Paula señalándose la cabeza— y nada podrá hacerme cambiar de parecer.
—A mí me gusta, además me sienta muy bien. —Las demás
concluyeron lo mismo que Carla.
La comida, distendida y cómoda, pasó volando; volvieron a
la cabaña privada y estuvieron el resto de la jornada tostándose al sol, junto a la piscina. Por la tarde, las mujeres decidieron ir de compras a las tiendas del hotel,
pero los hombres, en vez de esperarlas, prefirieron regresar al apartamento.
—¿Qué les parece si nos dejan el Bugatti y el Veneno? Ustedes pueden volver en el Serie 6 —le propuso Paula exultante a Pedro que, por supuesto, la miró con cierta
duda, pues esos automóviles eran sus adquisiciones más preciadas—. ¿Qué pasa? ¿Pensás que no podemos conducirlos? —Pedro pensó durante unos instantes más,
sin contestarle; se cogió el mentón y continuó calculando los pros y contras.
—De acuerdo —aceptó al final. Paula se colgó de su cuello y lo besó—, pero, un momento, con una condición.
—Condición, ¿qué condición?
Pedro la apartó a un lado, sacó su cartera y extrajo una Morgan Palladium a nombre de Paula.
—Quiero que pagues tus compras con esto y que no te fijes
en los precios, sólo que elijas lo que te guste —le ordenó mirándola con seriedad.
—No es justo, esto es un chantaje.
—¿Por qué no es justo? No te niego nada, mi amor, te complazco en todo, ¿no te parece justo, entonces, que me devuelvas el gesto?
—¡Tramposo!
—Hermosa, me encanta cuando ponés esos morritos
calculadores. —Pedro le dio un beso y Paula cogió la tarjeta que él seguía enseñándole—. Sin mirar los precios —le recordó él nuevamente y le ofreció un guiño.
Al final, los hombres se marcharon y las mujeres se
prepararon para recorrer todas las tiendas del hotel.
Al entrar en Ida and Harry, Paula se quedó fascinada y terminó llevándose varios modelos de las estanterías de Hervé Léger. No pudo resistirse al glamour de esos
vestidos que esculpían y se adaptaban a sus formas como un guante, realzando increíblemente su figura. También compró algunos zapatos y bolsos, su perdición.
Optó por varios modelos de Sigerson Morrison y Valentino. Sus amigas también hicieron sus compras; se llevaron diseños de Cavalli, de Alice and Olivia y de Catherine Malandrino.
Llegaron al ático cargadas con muchísimos paquetes. Paula era la que más había comprado, aunque María Paz también había dejado su tarjeta temblando, con todas sus
adquisiciones.
—¡Vaya! ¿Dejaron algo en las tiendas? —preguntó Mati cuando ellas alinearon los paquetes en el salón. Pedro y Ezequiel venían desde la cocina con refrescos para todos.
—¡Llegaron! Parece que las compras fueron jugosas. —
Ezequiel saludó a su chica.
—Eze, por poco desplumamos el local —le contestó
Carla, mientras se daban un beso.
—Ya lo veo —corroboró Pedro —. ¿Y Paula? ¿Dónde está? — Ladeó su cabeza y miró a Daiana, que le estaba mostrando lo que se había comprado a Mati.
—Entró apuradísima al baño, se estaba haciendo pis —le
contestó María Paz.
—¿Quién pregunta por mí? — dijo ella mientras entraba exultante en la sala.
—Acá, quien más te ama —le respondió él en tono guasón. Paula se acercó a Pedro, le dio un sonoro beso y le habló sobre sus labios.
—Te arrepentirás de haberme dado esa tarjeta, me traje toda la tienda —se carcajeó mientras le mordía el labio—. Debo reconocer que fue divertido no preocuparse por rebasar el límite. —Le guiñó un ojo.
—Me parece perfecto, es lo que esperaba que hicieras.
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