viernes, 15 de agosto de 2014

CAPITULO 112




Paula había dormido realmente muy poco. Se sentó en la cama y, de pronto, recordó la tarjeta que Gabriel le había dado y se sintió tentada de llamarlo. No paraba de pensar en lo que él le dijo en el aeropuerto; Pedro era realmente la
persona que Gaby había descrito.


Se sentía confusa y odió con todas sus fuerzas que él tuviera razón; inmediatamente desistió de llamarlo: no tenía sentido recurrir a él por despecho; ella no era así. No conseguía entender cómo después de todo, él se había comportado de esa forma. ¿Dónde había quedado todo el amor que decía sentir por ella?


Luciana preparó una bandeja con el desayuno y se fue a
despertarla, al no verla se asustó, pero la encontró en el baño; entonces, respiró aliviada.


—Hola, Pau, te traje el desayuno.


—No tengo apetito, gracias.


Paula estaba ojerosa y demacrada, tenía los ojos hinchados; se notaba que había seguido llorando.


—Vení. —La cogió de la mano y la llevó hacia la cama; hizo
que se sentara y ella se acomodó a su lado. La abrazó y le acarició la espalda para reconfortarla, porque Paula parecía un cachorrito indefenso—. Anoche hablé durante largo rato con Pedro. Creo que nos precipitamos con ese mensaje. Sé
lo que parecía pero estoy convencida de que no pasó nada.


—Luciana, por favor, leíste el mensaje y viste la foto.


—Lo sé, lo sé, pero no te ciegues. —Cogió sus manos y le
habló mirándola a los ojos—. No cometas el mismo error que cuando no permitiste que Pedro te explicara en Buenos Aires.


—Yo entiendo que él es tu hermano y que vas a abogar por él, pero no puedo seguir pasando por tonta. Pedro se cagó en mis sentimientos, en nuestro amor. Se ha mofado de todo cuanto teníamos, le importaron una mierda todos nuestros planes. Por unas tetas y un culo, se olvidó de todas nuestras promesas, Luciana.


—No es así, tenés que tranquilizarte. No se trata de pasar
o no por tonta, se trata de escuchar lo que tiene que decirte y luego decidir si le creés o no. Paula, vos sabés que mi hermano es lindo, es un bombón, el desgraciado, y siempre habrá mujeres al acecho; es algo con lo que vas a tener que aprender a convivir, pero anoche lo noté muy sincero cuando me hablaba. Yo, más que nadie, sé cuándo Pedro está mintiendo y creeme que si hubiera metido la pata, no lo consentiría. En ésta, estoy de tu lado, Paula. —Llamaron a la puerta y Ruben les habló desde afuera. —¡Paula, está sonando tu móvil en el bolso!


—Pasánoslo, amor, debe de ser mi hermano. Paula, atendelo, escuchalo, después de todo, no perdés nada. Según vos, a estas alturas, está todo perdido, ¿no? — le dijo mientras la cogía por los hombros. Paula no sabía qué hacer, pero quizá era cierto que debían hablar. El móvil dejó de sonar, pero ella titubeante le devolvió la llamada.


—¿Qué querés? —Luciana se levantó y la dejó sola.


—Hola, mi amor, ¿te sentís mejor? Anoche Luciana me dijo
que no te habías sentido muy bien.


—Te pregunté qué querías. — El tono de Paula era muy distante.


—Que hablemos, estoy desesperado, no dormí nada, sólo
quiero sacarte de la cabeza todos esos pensamientos que tenés, Paula... Jamás pondría en riesgo nuestra relación después de todo lo que ha pasado, de que creí que podías morirte. ¿Cómo pensás que podría arriesgar nuestro amor por una simple aventura? —Pedro estaba en el balcón con una mano en el bolsillo mientras hablaba, mirando hacia el patio del hotel con la vista perdida—. Te amo, sólo quiero estar con vos, no necesito una aventura con nadie, vos hacés que me sienta completo.


—Son sólo palabras bonitas,pero yo me remito a los hechos.


Un profundo silencio se instaló entre ellos, un silencio que helaba el alma, que hacía más largas las distancias. Paula necesitaba creer lo que él acababa de decirle, pero debía ser realista. Inspiró con fuerza y continuó hablando:
—Me llegaron por error una foto y un mensaje que no iban
destinados a mí. De no ser así, nunca me habría enterado, ¿o me equivoco?


—No, quizá no te equivocás del todo —le contestó Pedro
intentando parecer sereno; estaba muy apenado y utilizó un tono más grave de lo normal—. Quizá tengas razón. No creo que me hubiera atrevido a contarte que ella llegó a mi habitación sin invitación, porque te juro que no la invité ni la alenté para que creyera que podía presentarse así. —Paula agitaba su cabeza, con la vista fija en el techo; se había dejado caer en la cama—.Llamó a mi puerta y entró sin que pudiera decirle que no, y en cuanto entró se quitó el vestido. Venía decidida a hacerlo, pero la rechacé.
Te juro que eso fue todo lo que pasó. Le dije que jamás te
traicionaría, que te amaba y que iba a casarme con vos y se fue. Paula, mi amor... —Ella seguía en silencio, pero él escuchaba su respiración. Pedro le hablaba suplicante—: Decime algo, por favor. 


—¿Qué puedo decirte? No sé, todo resulta muy difícil de creer.


—Creeme.


—Una parte de mí quiere hacerlo, Pedro, pero no sé si debo.


—¿Acaso en ese mensaje decía que yo la había invitado?


—No tenía por qué decirlo, somos adultos y ambos sabemos que, a veces, uno no precisa invitación para leer entre líneas.


—No le di ninguna señal para que creyera que podía hacerlo, Paula.


— Es evidente que tu habilidad para hacérselo entender no fue muy exitosa.


La rudeza de sus palabras y la entonación de su voz dejaban claro que Pedro no estaba siendo muy convincente.


—Paula, yo te entiendo, te juro que te entiendo, pero te pido que me creas. No pasó nada. Entró, se desnudó frente a mí, cogiéndome por sorpresa, le alcancé el vestido para que se cubriera y le pedí que se fuera. Estuviste en mis pensamientos todo el tiempo; te juro que no me movió ni un pelo verla desnuda frente a mí. —Él le hablaba con toda la tranquilidad que podía; intentaba calmarse, pero sentía que la voz le temblaba.


—¡Qué historia más estúpida! ¿Y pretendés que te crea?


—Paula, por Dios, tenés que creerme, nunca le rogué nada a ninguna mujer, pero con vos todo es diferente, no me importa hacerlo.
Me tenés loco de amor, si me pedís que me vuelva y deje todo esto a medias, te juro que lo hago. Y, cuando vos puedas viajar, ya te encargarás. Si pudiésemos rescindir el contrato con su compañía, también lo haríamos; sólo
deberíamos buscar la forma, aunque tuviésemos pérdidas, no me importa. Si te pierdo, no sé lo que haría, no puedo imaginar cómo sería mi vida sin vos. Mi amor, mi vida, te amo, bonita, no puedo arriesgarme a perderte; además, no me interesa otra mujer que no seas vos. Paula, te juro que no son sólo palabras lindas, te estoy hablando desde el corazón, estoy expresando mis sentimientos como nunca lo hice con nadie. —Ella lo escuchó sin interrumpirlo, no había pronunciado una sola palabra.


—Dejá de vacilarme, Pedro¿cómo podés creer que voy a
tragarme el cuento de que se te puso enfrente desnuda y la rechazaste? Tu historia es grotesca.


—¡Fue así, mierda! ¡Te juro que fue así! —le gritó y Paula se despabiló de repente.


—¿Qué estarías pensando vos, en este momento, si hubieses leído un mensaje como el que leí yo? — le gritó ella más fuerte.


—Probablemente lo mismo que estás pensando vos, lo sé, pero no es lo que parece. No pasó nada y no ocurrió porque no quise, porque no lo necesito.


—Siempre va a ser así, Pedro.
No sé si voy a poder soportar que cada mujer que se te acerque quiera tener algo con vos.


En el fondo, Paula necesitaba creer que Pedro le estaba siendo sincero.


—En ese caso, estamos a la par, Paula. Decime que el estúpido del bróquer no volvió a insinuarse.


—Se hizo un silencio—. Paula, contestame, no te quedes callada.


—Sí, lo hizo, claro que lo hizo, pero lo frené y me fui.


—¡Desgraciado, lo sabía!
Cuando regrese a Nueva York le voy a romper la cara... Te juro que se la voy a partir, porque parece que no entiende.


—No estábamos hablando de Gabriel.


—No, pero, ya ves, vos también guardás tus trapos sucios
debajo de la alfombra.


—Pero mis trapos sucios no son comparables a los tuyos.


—Pero son trapos sucios, al fin. —Se quedaron de nuevo en
silencio.


—¿Estás ahí?


—Sí, acá estoy —le contestó Pedro de mala manera.


—Gabriel no me interesa,nadie me interesa, sólo vos y nunca nadie podría llegar a tanto conmigo, Pedro. Yo te respeto.


—Yo también te respeto, a mí también sólo me interesás vos. — Volvieron a quedarse callados—. Paula, decime qué creés de mí, no soporto tus dudas.


—Es evidente que no me respetás lo suficiente, porque una
mujer se metió en tu habitación y se te ofreció, según tu versión, claro está.


—No dudes, Paula, fue así como te digo.


—¿Cómo no tenerlas, Pedro?
Todo lo que nos pasa tiene que ver con vos y resulta que siempre sos inocente —le dijo ella con sorna y él suspiró sonoramente.


—Quiero saber algo, Paula.Algo que me da vueltas en la
cabeza desde anoche y que, quizá, pueda demostrar que lo que te digo es cierto.


—¿Qué cosa?


—Luciana me llamó a las tres y media de la madrugada, pero Chloé vino a mi habitación a las diez de la noche y no pasó adentro más de diez minutos. ¿A qué hora te mandó ese mensaje? Por lógica, si se lo envió a su amiga cuando
estaba entrando, tuvo que haber llegado antes de las diez, o sea antes de las cuatro de la tarde de Estados Unidos. Paula, en conclusión, tiene que haberte llegado al rato de que nosotros cortáramos, porque no pasó mucho tiempo entre que nosotros hablamos por teléfono y ella llegó a mi
habitación. —Paula se quedó pensando—. ¿Me has oído?
Contestame.


—Me llegó en el restaurante, pero me acabás de hacer un lío con los horarios en la cabeza.


—¡Lo hizo a propósito! ¿Te das cuenta? ¡Se vengó porque la rechacé!


—El mensaje pudo haber llegado más tarde, eso no tiene nada que ver; además, es tu palabra contra la imagen y el texto que yo recibí. —Paula, por favor, no le busques cinco pies al gato, ¿qué más pruebas querés que los horarios?


—En realidad, lo que querría es que nada de esto hubiera
pasado... Es un sentimiento horrible no poder confiar en vos, no saber a ciencia cierta si me estás hablando en serio o si me estás vacilando.


—¿Qué hago para que vuelvas a confiar en mí? Nena, no hice nada, te juro que nada pasó entre Chloé y yo. Esto es agotador, no sé cómo justificar algo que nunca ocurrió.


—No sé, Pedro, dejame procesar un poco todo esto; dejame
pensar en todo lo que ha sucedido, suponiendo que nada haya pasado...


—¡No pasó nada! —la cortó él.


—Suponiendo que nada haya pasado —retomó la frase Paula— cuando ella se desnudó.


—Pero ¡yo no la desnudé, Paula, se quitó el vestido antes de que pudiera reaccionar!


—¡Ah, sí, claro! Pedro, te conozco.


—Precisamente porque me conocés, tendrías que saber que te amo.


—Sí, pero vos y yo... hace tiempo que no tenemos intimidad y seguro que ella te excitó.


—Aunque suene chistoso e increíble, me dio miedo; ésa fue mi reacción, porque sólo pensaba en vos, en que podía perderte.


—Son mentiras.


—No seas necia, Paula, estoy que me muero por follar, pero sólo quiero hacerlo con vos. Pensá en lo que te dije de los horarios, por favor, nena. Ahora mismo cojo un avión y me vuelvo, sólo quiero estar a tu lado. ¿Tan mierda me creés como para pensar que, después de que te hayan pegado un
tiro, puedo pensar en acostarme con otra, cuando ni siquiera estás repuesta del todo? ¿Tan poco creés en mis sentimientos? ¿Qué hacés a mi lado, entonces?


—Dejá de atacarme, ahora resulta que la víctima sos vos. —
Paula intentó calmarse—. No sé, es todo muy confuso, no sé... necesito pensar.


— Supongo que no tengo otra opción. —Aunque estaba cabreado por no poder convencerla, por la situación y porque ella desconfiaba, tenía que ser realista. Había un motivo claro para que Paula dudara Pedro tuvo que obligarse a pensar las cosas al revés para poder entenderla.


—Creo que no tenés otra opción —repitió ella.


—Sólo me queda una reunión el lunes por la tarde y, para que te quedes tranquila, pediré que sea con su padre. Exigiré seguir tratando con Luc Renau.


—Hacé lo que quieras.


—No me hables así, con tanta frialdad.


—¿Y cómo querés que te hable? Pensé durante toda la noche que te habías revolcado con ésa; ahora te escucho muy predispuesto, me decís que no pasó nada, pero que se desnudó delante de ti. No sé qué creer, Pedro Alfonso, todo es... ¡es tan confuso!


—No me llames Pedro Alfonsome hacés acordar a Ana cuando me regañaba. —Paula puso los ojos en blanco.


—¿Y encima pretendés que te trate como si nada hubiera pasado? ¿Por qué no sos más coherente? ¡Te pusiste furioso porque me tomé un simple café con Gabriel!


—Ni lo nombres, no quiero que pronuncies su nombre. Te juro que ese malnacido se va a enterar.


—¡Ja! ¿No querés que lo nombre? ¿Imaginate, entonces,
cómo estarías si lo que supuestamente te pasó a vos me
hubiese ocurrido a mí? ¡Me hubieses metido en la guillotina
como a María Antonieta!


—Dejemos de pelearnos ya. No pasó nada más que lo que te he contado, sólo eso. —Volvieron a quedarse en silencio—. Te llamo más tarde, ¿puedo? —Le pareció que era bueno dejarla procesar toda la conversación, aunque se moría de ganas por escucharla convencida, sabía que debía
permitirle pensar un poco.


—Te llamo yo. —Paula colgó e inmediatamente él volvió a
llamarla.


—¿Qué querés? —preguntó ella con sequedad.


—Sólo decirte que te amo, no me dejaste despedirme.


—Adiós.


—¡No, Paula, adiós no! Prefiero un ciao deslucido, pero
«adiós» suena a «nunca más». Voy a estar esperando tu llamada. Ella volvió a cortar la comunicación.


Pedro colgó con ella y llamó a Chloé.— ¡Pedro, no esperaba tu llamada! ¡Qué sorpresa!


—¡Cínica! Te ha salido todo mal, no previste el horario en que mandaste el mensaje y subestimaste a Paula. Pensaste que se cegaría y que no se daría cuenta. —En realidad, no había sido exactamente así, pero Pedro pretendía que lo creyera.


—No entiendo de qué hablas.


—No te hagas la despistada,¡fue muy estúpido lo que hiciste! Me has demostrado muy poca inteligencia, de todos modos ni a mí ni a Paula nos interesa. La realidad es que te llamo para exigir que, de ahora en adelante, las negociaciones prosigan con tu padre, porque si no es así, rescindiremos el contrato con Renau Société. No quiero verte el lunes en la reunión o te juro que revocaré todas las negociaciones con vosotros.


—¡Pedro, cálmate, no es para tanto! Mandé un mensaje por
equivocación y no sabía cómo disculparme, me siento apenada por todo lo que ha pasado.


—No lo hiciste por equivocación, la hora delata tus
intenciones. Te vuelvo a repetir que no te he llamado para discutir sobre eso. Lo que tengo con Paula es muy grande y puro como para malgastar mi tiempo polemizando sobre algo que, ni con el pensamiento, pudo haber ocurrido. No quiero verte el lunes allí, ¿está claro? Así que ve pensando en una buena excusa para darle a Luc, porque ni Paula ni yo queremos negociar contigo. — Pedro colgó.

CAPITULO 111



Luciana y Ruben ya estaban en Per Se, esperando a los demás. Liliam y Paula llegaron en seguida y ella saludó a su cuñada de forma efusiva. Sólo faltaba Jacob, pero había avisado que estaba aparcando el coche, así que decidieron pedir un aperitivo mientras lo esperaban.


El iPhone de Paula vibró en su bolso; era un whatsapp. Lo miró pensando que era de Pedro, que debía de seguir insistiendo, pero al desbloquear la pantalla vio que era de Chloé. Entonces lo abrió y vio que, con el mensaje, había llegado una foto de la puerta de una habitación.


Paulette, amiga, estoy nerviosa como
si fuera la primera vez. Él me pone en este
estado, me paraliza y, cuando me habla, pierdo la
razón. Estoy a punto de llamar a su puerta.
Mañana te contaré cómo me fue con Pedro, pero
intuyo que es un gran amante; me encantan sus
manos, no veo la hora de que, por fin, me haga suya.


Paula empalideció, se mareó y hasta sintió náuseas. Volvió a releer el mensaje; no podía creerlo y tenía la esperanza de haberse equivocado al hacerlo por primera vez, pero no, no había error posible. Pedro estaba a punto de traicionarla, de tirar por la borda todo lo que tenían. Guardó el teléfono y miró a Luciana con desesperación; ella había notado en seguida la lividez de su rostro y la cogió de la mano.


—¿Pasa algo? ¿Te sentís mal?


—Creo que me bajó la tensión de golpe. —Estaba consternada. La miró a los ojos y vio en ellos los de Pedro.


—Vamos al baño —le sugirió Luciana. Liliam quiso ponerse de pie, pero Paula la frenó, sin importarle resultar grosera, y le indicó que su cuñada la acompañaba. Ya en el baño, se apoyó sobre el lavamanos; sentía que las piernas le cedían.


—Paula, me estás asustando, estás muy pálida. ¿Llamo a
urgencias?


—¡No! —Sacó el móvil de su bolso, buscó el mensaje y se lo enseñó a la joven.


—Lo mato, lo mato... Te juro que lo mato. —Inmediatamente,Luciana rebuscó su teléfono en el bolso.


¿Qué vas a hacer?


—Llamar al malnacido de mi hermano e interrumpirle el polvo.


—¡Noooo! —gritó Paula con vehemencia—. Ya todo ha
terminado, dejalo que se siga revolcando con esa zorra, con ella seguramente tendrá lo que merece. —Paula recordó las palabras de Gabriel en la cafetería y se tambaleó—. No me interesa nada más, sacame de acá, Luciana, por favor, llevame... no sé dónde, pero sacame de acá, no quiero que me vean así de destruida. Tu hermano acaba de aniquilarme.


—No llores, no lo hagas, Pedro no merece una sola de tus lágrimas.
Luciana le secó las que habían escapado de sus ojos.


—No puedo creerlo, no me entra en la cabeza que me haga una cosa así.


—Pero... ¿por qué esa calientapollas te envió ese mensaje
a vos?


Supongo que se confundió.
Ella es la inversionista con quien Pedro fue a negociar la apertura de Mindland en París. Su amiga debe de llamarse Paulette, mi nombre estará arriba del de ella, o no sé, es obvio que ese mensaje no era para mí. Por favor, no quiero regresar a la mesa ni al Belaire.


—Salí a la calle que yo busco a Ruben y nos vamos a casa. Te juro que lo voy a asesinar con mis propias manos; esto no tiene perdón. No te preocupes por nada, no estás sola, Paula, yo estoy a tu lado —le dijo y la abrazó con fuerza. 


Luciana se disculpó frente a Liliam y Jacob, les dijo que Paula no se encontraba bien y que la llevaba al Belaire para llamar a su médico personal. Le sugirió a Ruben que se apresurase en pedir el coche, porque Paula esperaba afuera; había salido para que le diera el aire fresco en la cara.


—Me siento culpable, ¿será que caminó demasiado? Pedro va a matarme.


—No, Liliam, no es culpa tuya. —Le acarició la espalda
intentando quitarle presión, parecía muy angustiada—. No te preocupes, cuando venga el médico te llamo para contarte qué nos ha dicho.


—Por favor, no dejes de hacerlo, ¡hemos pasado una tarde
fantástica!


En cuanto Luciana se separó de la mesa, y mientras salía a la calle, marcó el número de su hermano haciendo caso omiso a lo que Paula le había pedido. El teléfono sonó unas cuantas veces antes de que él atendiera.


—¡Agarrá el teléfono, maldición! ¡Atendé Pedro¡Dejá de follarte a esa zorra y atendeme!


—Hola, ¿le pasa algo a Paula? Pedro sabía que iban a cenar juntas y se alarmó.


—¡Sos un jodido! ¿Ya te la tiraste o te interrumpí justo en mitad del polvo?


—¿Qué? ¿De qué hablás?


—¿Cuál es el número de tu habitación?


—No entiendo nada, Luciana, ¿de qué mierda estás hablando?


—¿Cuál es el número de tu habitación? Pedro, no seas tan
jodido, no me tomes por estúpida. ¿Cuál es el maldito número de tu habitación? —le gritó Luciana y varias personas que estaban en el lugar la miraron.


—El 118.


Luciana cerró los ojos; la última gota de esperanza se había
escapado: era el mismo número que aparecía en la foto.


—Tenés a esa zorra ahí dentro, ¿no? ¿Cómo pudiste hacerle eso a Paula? No puedo creerlo, jamás pensé que podías llegar a ser tan ruin. Me siento sumamente decepcionada. Lo siento, hermano, en ésta no voy a acompañarte, me defraudaste. Olvidate de que existo.


—¿Qué? ¿Estás loca? No sé de qué me estás hablando.


—De la zorra esa que tenés en tu habitación, ¡de Chloé te hablo!


—¿Cómo sabés el nombre de Chloé?


Suficiente, ya me dijiste todo lo que necesitaba saber.


Luciana cortó y tiró el teléfono en su bolso; estaba
colérica, agresiva. Llegó hasta el vestíbulo del restaurante, se cogió la cabeza entre las manos y salió a la calle. Ruben y Paula esperaban en el coche a que ella saliera.


—¿Qué está pasando,Luciana? ¿Podrías explicármelo?
Le pregunto a Paula y no para de llorar... Que alguien me cuente algo, por favor.


—Vamos a casa, mi amor, ahora te explico. Mi hermano ha
metido la pata hasta el fondo. Te juro que lo que ha hecho no tiene perdón.


El teléfono de Luciana no paraba de sonar; Pedro la llamaba
frenéticamente sin poder entender bien el embrollo.


—¿Cómo mierda sabe Luciana que Chloé estuvo acá? —se
preguntó en voz alta mientras intentaba volver a comunicarse con ella. Le escribió un mensaje de texto.


¡Atendeme, estúpida! Te juro que cuando llegue a Nueva York te vas a arrepentir.
Atendeme y explicame lo que creés y por qué.
¿Cómo mierda supiste que Chloé había estado en mi habitación? Te juro que tengo ganas de molerte a palos como cuando éramos críos.
Cogería un avión sólo para ir a patearte el culo.


Luciana estaba furiosa con Pedro y no pensaba contestarle.
«¡Encima tiene la desfachatez de exigir y hacerse el nervioso!», pensó. Iba sentada atrás, arrullando a Paula, que no dejaba de llorar.


Llegaron a su casa en seguida.


La noche no podía ir peor para Pedro. Primero se había enterado de que Paula y el bróquer se habían encontrado. Después se le había presentado Chloé en la habitación y se había desnudado frente a él esperando que se la follara; y, ahora, lo llamaba Luciana y daba por sentado que sí se había follado a Chloé.


—Pero ¿cómo mierda supo que Chloé había estado acá? —
gritó sin poder entender nada.


La cabeza le iba a estallar.


Estaba sentado en el borde de la cama y se apretaba las sienes mientras intentaba, una y otra vez, que Luciana lo atendiese. Como sabía que la testaruda de su hermana no iba a hacerlo, pensó en llamar a Paula. Pero desistió de la
idea de inmediato: era más que obvio que ella tampoco iba a
responder a su llamada. Además, quería saber antes qué era lo que Paula suponía. Finalmente, decidió probar con su cuñado.


—¿Ruben?


—Hola, Pedro.


—Pasame con Luciana.


—No creo que quiera atenderte, está furiosa con vos y
además está con Paula.


—¿Están todavía en el Per Se?


—No, Paula se descompuso y nos vinimos para casa.


—¿Cómo que Paula se descompuso? —Se puso de pie
mientras se pasaba la mano por el pelo, desesperado—. ¿Qué tiene, Ruben? ¿Llamaron al médico? No me asustes, ¿qué le pasa?


—Está destrozada, ¿qué le va a pasar? No para de llorar después del mensaje y de la foto que recibió de la francesa. Cuñado, no sé cómo vas a salir de ésta. Lo que hiciste no tiene escapatoria, estás jodido.


—No entiendo nada, Ruben, pasame con Paula.


—Vas a conseguir que me pelee con tu hermana.


—¡Chad, no me jodas, pasame con Paula! —le gritó.


Su cuñado golpeó la puerta de la habitación de huéspedes, donde Luciana seguía consolando a Paula, entró y le dijo que Pedro quería hablar con ella. Entonces, ésta chilló para que él pudiese oírla:
—¡Que se vaya a la mierda, no quiero hablar con él nunca más, que se olvide de que existo!


Ruben se puso el teléfono en la oreja.— Pedro, lo siento.


—Ya la escuché, ponele el teléfono en la oreja —le ordenó.


—No quiere, Pedro, no la puedo obligar.


Luciana se levantó y le arrebató el móvil de la mano
después de mirarlo con furia.


—¿Qué carajo querés? ¿No entendés que no quiere hablar con vos? Nadie acá quiere hablar con vos. ¡Sos un maldito infeliz, Pedro!


—No me cortes, no te pongas histérica y contestame a lo que te pregunto: ¿qué foto y qué mensaje le llegó a Paula?


Luciana miró a Ruben como si se lo quisiera comer, apartó el teléfono de su oreja y le habló a su esposo:


—Sos un soplón. —Volvió a colocarse el móvil en la oreja, se lo llevó por delante y salió de la habitación—. La francesa le mandó un mensaje a Paula por equivocación justo cuando estaba entrando para follar con vos.
Supuestamente era para una tal «Paulette». ¡Se te atragantó la aventurita que pensabas echarte en París sin que Paula se enterara! Y la foto era de la puerta de tu habitación. No tenés excusa ni perdón, Pedro, ¡te fuiste a la mierda!


—¡Mierda! ¡Maldita hija de puta! Pasame con Paula y dejame que le explique, no pasó nada. Es cierto que Chloé vino, pero la rechacé, te lo juro, Luciana, no pasó nada.


—No te creo.


—¿Por qué no me crees? ¡Sabés de sobra cuánto amo a
Paula! ¿Pensás que, después de todo lo que pasó, voy a arriesgarme a perderla? ¡Esto es una gran putada,Luciana! —le gritó Pedro desesperado—. ¡No seas estúpida, amo a Paula más que a mi propia vida, te juro que la he rechazado!
Pasale el teléfono, por favor, porque esta vez no puede ser como en Buenos Aires, tiene que dejarme que le explique, ¡ponme con Pau!


Luciana entró de nuevo en la habitación, pero el llanto y el
cansancio habían vencido a Paula.
Estaba adormilada y dopada, puesto que su cuñada le había dado un calmante; era obvio que le había hecho efecto.


Pedro, se ha dormido. ¿Por qué no dejás que descanse? Mañana va a estar más tranquila y te escuchará más predispuesta.


—Necesito aclarar esto ahora mismo, no quiero que crea algo que no es cierto. No deseo que sufra por nada.


—¿De verdad no te acostaste con la francesa? Jurame que puedo creerte.


—¡Te digo que no! ¿Cómo podés desconfiar de lo que siento por ella? He cambiado, Luciana. Paula ha transformado mi vida, con la única persona con la que quiero estar es con ella... ¿Tanto te cuesta creerlo? Yo no la invité; se me apareció y la despedí inmediatamente.


—Es que ese mensaje se puede interpretar de varias
maneras; o que ella fue o que vos la invitaste.


—¿Qué mierda decía el mensaje?


—No recuerdo bien.


—Buscá el móvil de Paula y leémelo.


—Esperá que baje al salón, creo que el bolso de Paula quedó ahí.


—Leeme el mensaje y despertá a Paula; necesito que me
pases con ella, no es justo que crea algo que no es.


—No seas cabezón, de tanto llorar, hace un rato le dolía la
herida; dejala que descanse. Le di un calmante para que se relajara. — Al otro lado, se hizo un profundo silencio, sólo se oía la respiración acongojada y cansada de Pedro.


—No es justo que nos pasen todas estas cosas, Luciana. Te juro que quiero descuartizar a esa zorra de Chloé. No puedo creerme que esté pasando esto. Leémelo y mañana la llamo.


—Mejor te lo envío a tu número.


—Muy bien.


Pedro leyó y releyó el mensaje, y no paraba de insultar a Chloé mientras lo hacía. Tenía ganas de romperlo todo. Era realmente increíble; parecía que los problemas los perseguían y que nunca se alejarían de ellos. Pensaba
en Paula, en lo mucho que se habría angustiado, y no podía dejar de sentirse impotente; odiaba estar tan lejos de ella. Al final, entre el ahogo y la desazón que sentía en su pecho, terminó durmiéndose cuando ya despuntaba el día.