sábado, 16 de agosto de 2014

CAPITULO 114



Pedro caminó orgulloso llevándola de la mano hasta que salieron de Mindland. Oscar los llevó hasta el apartamento de la calle Greene.


Entraron y Paula dejó su bolso sobre el sofá, se acercó a la nevera y cogió una botella de agua, que bebió sedienta. 


Pedro cerró la puerta de entrada y se encontró con ella en
la intimidad del hogar. Ahí estaban, sólo ellos dos, para vivir la vida.


Él se quedó mirándola de pie, al lado de una de las columnas, con las manos en los bolsillos y una sonrisa de incredulidad en el rostro.


—¿Qué? —Paula dejó de beber para formular la pregunta.


Pedro negó con la cabeza, le guiñó un ojo y le ofreció una
sonrisa franca. Ella estiró su mano para ofrecerle agua, pero él dio la vuelta a la isla de la cocina y, cuando la tuvo cerca, la abrazó por la cintura y la pegó a su cuerpo—.¿No querés agua? —preguntó Paula.


—Quiero beberte entera a vos, Paula; hacés conmigo lo que querés, nena —le susurró con una voz muy sensual y a muy corta distancia.


—Vos y yo aún tenemos que hablar —le advirtió ella.


—Lo sé.


—Bueno, hagámoslo.


—Chis, ahora no quiero hablar.


—¿Y cuándo hablaremos? — Él la besó para hacerla callar,
succionó su labios—. Pedronuestras reconciliaciones siempre son al revés, primero tenemos sexo y después hablamos, quiero que charlemos. En la oficina, ya te saliste con la tuya nuevamente.


—No me pareció que estuvieras en desacuerdo. —Ladeó
la cabeza, se quedó observándola y luego continuó—: En la oficina tuvimos sexo, ahora quiero hacerte el amor.


—No me vas a engatusar; hablemos.


—No rompas este momento, Paula, no destroces la magia que nos rodea cuando estamos juntos.


—¿Por qué siempre doblegás mis intenciones y terminás haciendo lo que querés conmigo? —Él le mordió el labio, se rió y se empapó del olor de su cuello.


—¿Eso hago con vos? —Tiró su cabeza hacia atrás mientras sonreía—. No creo que sea así; vos podés ser muy testaruda y también me hacés rogar mucho.


—Hablemos, Pedro.


—Tes-ta-ru-da como estás siendo ahora.


—Actuemos como personas normales y racionales. —La
insistencia de Paula hizo que de los ojos de Pedro empezaran a salir chispazos.


—¿Por qué tenemos que revivir toda esa mierda ahora?
¡Recién nos encontramos! Quisiera borrar de mi memoria los días que acabo de pasar en Francia. ¡Sólo quiero disfrutarte! —Se quedaron mirando, pero él intentó distender su rostro y volvió a hablarle de manera sugerente—: ¡Vamos a la cama, Pau! ¿Cuánto tiempo hace que esperamos para estar juntos? Terminemos con las intromisiones, no permitamos que terceras persona sigan interponiéndose de una forma u otra en nuestra relación.


Ella levantó los brazos y le rodeó el cuello, lo estudió a
conciencia y reflexionó sobre sus palabras. Entonces, haciendo caso a sus miradas ardientes, acortaron la distancia que los separaba — estaban tan cerca que su respiración era una caricia— y empezaron a tocarse. La presión que Pedro ejercía sobre ella la transportaba y la obligaba a beber de esa pasión incontrolable que él le ofrecía.


Provocaron sus bocas, respiraron sus alientos y se embrujaron, una vez más, para acabar perdiéndose en un beso descarriado, vicioso. Se abandonaron al momento, tormentosamente agitados, trémulos.


Sin darse cuenta, Paula relajó tanto la mano con que sostenía la botella que el agua se derramó sobre Pedro
y le provocó un sobresalto que terminó en una carcajada de ambos.


Se apartaron un poco y entonces él se quitó la camiseta hacia adelante, por encima de su cabeza. Hizo un bulto con ella en su mano y, con la otra, cogió la de Paula y la guió hasta el dormitorio. Apartó la colcha y las sábanas y le regaló un guiño seductor. Despedía sensualidad y sexualidad por todos sus poros; para Paula era irresistible. 


En el iPod, conectado al equipo de música, Pedro buscó
una canción, giró su cuerpo para mirarla y la pilló admirando la musculatura de su torso desnudo.


Los acordes de la guitarra de Amaury Gutiérrez invadieron la
habitación. El corazón de Paula se paralizó con la letra. Su chico caminó seductoramente hasta donde ella estaba plantada, sonriendo a cada paso, mientras se desabrochaba el vaquero y le dejaba ver el elástico de su calzoncillo y parte de sus caderas.


Se aproximó y le cantó al oído:



¿Quién me puede prohibir
que yo mencione tu nombre?
¿Quién me puede prohibir
que te sueñe por las noches?
¿Quién nos puede dividir si
este amor es diferente?
¿Quién me puede prohibir?
¿Quién va a robarme esos
momentos de felicidad
infinita?
¿Quién va a prohibirme que
te quiera, que tú seas siempre
mía?


Pedro empezó a acariciarle la espalda con zigzagueos ansiosos, hasta que encontró la cremallera de su vestido y la bajó con habilidad, sin parar de cantarle al oído.


Estremecida, las manos de Paula le rodearon la cintura. En ella, comenzaron a despertarse multitud de sensaciones inimaginables; con sólo rozarla, Pedro la embriagaba de placer. Con cada frase que emergía de su boca, Paula se conmovía y temblaba entre sus brazos. Se dio cuenta de lo mucho que lo había echado de menos y comprendió que sólo su proximidad la hacía feliz, íntegra y mujer.



Y aunque haya un muro entre nosotros para mí no
estás prohibida.
¿Quién va a prohibirme que
te entregue lo mejor que hay
en mi vida?
Cuando no quede en este
mundo una persona que te
quiera,
aquí estaré para decirte
que te espero hasta que
muera
y te repito una y mil veces
para mí no estás prohibida.
¿Quién va a prohibirme que
te entregue lo mejor que hay
en mi vida?



Le quitó el vestido y la ayudó a salir de él. Siguiendo la cadencia de la canción, la desnudó por completo; Paula le dejaba hacer,entregada a sus competentes manos y ansiosa por sentir sus caricias.


Con el dedo corazón, Pedro trazó una línea que comenzó en el cuello y terminó en su pubis. Volvió a ascender y le acarició la cicatriz, se inclinó y depositó un beso sobre ella; luego la cogió en brazos y la colocó sobre la cama. Se arrodilló para quitarle los zapatos y le acarició los pies, pero se incorporó sin demora y terminó de desvestirse. Paula lo esperaba con urgencia, las señales de excitación se habían disparado en su piel. Lo siguió con la mirada, recorrió su
musculatura masculina de arriba abajo y, de pronto, se sintió más viva que nunca.


Pedro se tendió sobre ella con cuidado y se apoderó de su cuello; le pasó la lengua y aspiró con fuerza para llenar sus fosas nasales y embriagarse con el olor de su piel, que era una pócima afrodisíaca para él. Yacía fascinado. Se apartó para mirarla a los ojos, le retiró el pelo de la cara y recapacitó mientras la contemplaba en silencio: «No
puedo creer lo que hiciste conmigo, nena. ¿Es esto estar enamorado? No me dejás pensar, te apoderás de todo mi ser, me inutilizás, Paula, ni te imaginás el poder que tenés sobre mí».


Aunque le hubiera gustado gritarlo a viva voz, se lo guardó
para él, como un secreto indescifrable, y optó por besarle
los ojos y la boca. Sin abandonar sus labios, bajó una de sus manos y le acarició el muslo en toda su extensión; entonces, Paula levantó su pierna y le rodeó la cintura. Pedro buscó su pubis y hundió los dedos en su vulva, provocando que ella se ondulara entre sus manos.
«¡Cómo me gusta tenerte así!», pensó mientras intensificaba sus caricias. Paula se abrió más todavía y empezó a gemir sobre sus labios; lo contempló mientras él la besaba y se encontró con la mirada de Pedro, pendiente de todas sus
sensaciones. Él bajó por su cuello y le pasó la lengua entre los senos, atrapados por sus manos. Levantó la cabeza y la miró: la boca de Paula estaba entreabierta y resoplaba anhelante. Pedro tomó un pezón entre los dientes y se lo
mordió; luego lo lamió, giró su lengua sobre él y lo introdujo en su boca.


Pedro...


Paula dejó escapar su nombre mientras se arqueaba y él siguió descendiendo; le acarició el vientre con la lengua y ella se sacudió.
Llegó a su monte de Venus y se perdió en su olor a sexo; era exquisita y era suya. La probó con su lengua, estaba tan mojada... Su clítoris estaba exageradamente abultado: lo estaba esperando; lo lamió una y otra vez, acariciándolo.
Paula gemía, suplicaba y se encorvaba en su boca. Introdujo uno de sus dedos en su eje del placer, lo perdió en ella y lo giró.


—¿Me extrañaste, mi amor?


—Mucho.


—¿Te gusta así? —Ella abrió los ojos y se incorporó para mirarlo maliciosamente.


—Me encanta. —Se quedó observando cómo él enterraba los dedos en su vagina y luego le habló —: ¿Y vos, me extrañaste? —Pedro levantó la cabeza sin dejar de mover sus dedos.


—¡Te eché tanto de menos! — le contestó con una voz turbia.


Entonces Paula se arrastró hacia atrás y se sentó en la cama, se arrodilló con rapidez y quedaron ambos uno frente al otro. Acercó su rostro al de él y se abrazaron para besarse. Ella le pidió que se recostara y Pedro,
complaciente, se tendió de espaldas en el colchón. Paula reptó sobre él para alcanzar su cuello y le lamió la nuez de Adán; era un rasgo masculino que la perdía. Pedro tragó con dificultad; Paula era la sensualidad, el erotismo, la pasión: era su amor. La tenía cogida por la cintura, ella se movió con prontitud y buscó sus manos, entrelazando sus dedos para llevárselas hacia atrás, mientras seguía besándolo.


Pedro dejó escapar un ronquido, estaba muy excitado. Sin
soltar sus manos, y nublado por la pasión, se giró, la dejó abajo y la miró con tiranía; la tenía a su merced bajo su musculoso cuerpo.


La aprisionó con gusto y se restregó contra la sinuosidad de sus pechos.


Avasallador, se colocó sobre ella y la penetró, lenta y profundamente.


Paula apretó los ojos y dejó escapar un sonido salvaje de su
boca mientras se mordía los labios.


Él la observaba, perdido en su abismo; su vagina contenía su sexo en perfecta unión, se ajustaba de manera magistral a su pene.


—Look at me, baby —le pidió suplicante para que Paula abriera los ojos.


Comenzó a moverse sin dejar de admirarla. Con su repetitivo
vaivén, le acariciaba su cavidad, acometiéndola una y otra vez. Bajó la cabeza y le acercó los labios al oído, sin dejar de contonearse en su interior, y volvió a cantarle:


¿Quién va a robarme esos momentos de felicidad infinita 
¿Quién va a prohibirme que te quiera, que tú seas siempre
mía?

La besó, sin parar de entrar en ella; la atiborraba con su pene, la llenaba, la amaba.


—Te amo, mi amor —le dijo ella cuando él se apartó, por un
instante, de su boca.


—Nena, yo también, más que a mi vida.


Se corrieron juntos; Paula gritó ahogadamente su nombre y él gruñó mientras se descargaba inundándola con su bálsamo.


Hubiese querido dejarse caer sobre ella, pero aún seguía
tratándola como si fuera de cristal.


Se colocó de costado y la arrastró contra él. La canción continuaba sonando.


—Me encanta este tema, no lo conocía.


—Te lo dedico íntegro. Creo que resume todo lo que nos ha
estado pasando —le dijo y le besó la nariz—. ¿Aún querés que hablemos? —Paula se perdió en la inmensidad de su mirada azul.


—No. —Le acarició las cejas y bajó hasta el arco de Cupido de sus labios—. Este momento fue demasiado hermoso como para que permitamos que otras personas se entrometan en nuestras vidas. — Pedro sonrió con satisfacción.


—Nunca dudes de lo que siento por vos, Paula. Mi amor es
tan grande que no me alcanzan las palabras para explicarlo.


—Vos tampoco dudes de mí, Pedro, sos todo y más en mi vida. Te amo más allá de la razón. Dejame que te diga esto y no tocaré más el tema: cuando recibí ese mensaje y la foto se me desgarró el corazón, no me entraba en la cabeza que me hicieras una cosa así.


—Ni por un instante, se me cruzó por la mente engañarte. Pero dijimos que no arruinaríamos este momento maravilloso. Me ha encantado volver a hacerte el amor;
echaba mucho de menos tu cuerpo.


—A mí también me gustó mucho, fue asombroso volver a
sentirme tuya.


—Sos mía en cuerpo y en alma.


—Sí, mi vida, soy toda tuya y vos sos mío, sólo mío.


—Sólo tuyo, todo tuyo. —Pedro se movió y apagó la música con el mando a distancia—. Me muero de hambre —le dijo, rompiendo la magia del instante y en ese preciso instante sus tripas hicieron un sonido—. ¿Ves? No te miento. 


—Se rieron. —¿Qué querés comer?


—Cualquier cosa, preparemos unos sándwiches. ¿Habrá algo en la nevera?


—De todo. Ayer le pasé una lista de la compra a la señora
Doreen por teléfono y hoy surtió el refrigerador y la despensa.


—¡Ah, eso significa que me esperabas! —Le hizo cosquillas.


—¡No, Pedro, no, por favor! — le suplicaba entre carcajadas, pero él no paraba—. ¡Sí, sí, te esperaba!
Puse en orden toda la casa para tu regreso. —Él detuvo las cosquillas.


—Pero ¡me hiciste sufrir todos estos días sin hablarme!


—Para que aprendieras que no debés dejar entrar zorras a tu habitación y menos permitirles que se desnuden. Estoy segura de que la miraste... Mejor no me hagas acordar. —Pedro la colocó de espaldas y se sentó a horcajadas
sobre ella.


—No la vi ni un poquito —le dijo en tono guasón—, ni siquiera sé si sus tetas son grandes o pequeñas.


—¡Encima te hacés el chistoso! —Paula le atizó un golpe
con el puño cerrado en el abdomen que lo pilló desprevenido.


—¡Eso dolió! —se quejó Pedro con unos ojos abiertos como platos.


—¡Jodete! Te lo merecías.


—Te amo, nena, te amo

viernes, 15 de agosto de 2014

CAPITULO 113



El miércoles, a las 12.35 horas, la nave de Air France
aterrizó en Nueva York. Paula lo había llamado el domingo muy brevemente y no habían hablado más, sólo alguna que otra efímera cadena de mensajes que siempre iniciaba Pedro


Oscar lo recogió en el aeropuerto.


—Bienvenido, señor, yo me encargo de su equipaje. —De allí, fueron directamente a Mindland.


—¿Alguna novedad, Oscar?


—Nada, señor. —Pedro se lo quedó mirando.


—¿Qué pasa, Oscar? ¿Ya no te interesa trabajar conmigo?


—¿Cómo, señor? No entiendo por qué dice eso. —Pedro frunció la boca.


—Creo que se te olvidó contarme que el bróquer se
encontró con Paula en el aeropuerto, ¿o acaso no pensabas
decírmelo?


—Disculpe, pensé que la señorita Paula se lo diría, no quise
saltármela. —Pedro lo miró fulminándolo.


—¡Te pago para que me mantengas al tanto de todo y eso
incluye que me informes sobre quién se acerca a Paula! —le gritó


—. Por eso te dejé en Nueva York, para que te mantuvieras alerta.
Sinceramente, me siento muy decepcionado.


—Lo siento, señor Pedro, es que fue un encuentro fortuito. La señorita Paula no lo había planeado, pero veo que ella misma se lo dijo, como supuse.


—¡Como has supuesto! ¡Y una mierda! Quiero saber todo con lujo de detalles, ¡todo, Oscar! Desde que le dijo «hola» hasta que le dijo «adiós» y espero que hayas estado lo suficientemente cerca como para oír completamente todo lo que hablaron, porque, si no, ya puedes considerarte despedido.


El horno realmente no estaba para bollos. Lo que Oscar le contó lo puso furioso, pero su enfado no era con Paula, sino con Gabriel Iturbe.


—¡Ese malnacido, parece que no entiende!


Finalmente, llegaron a Mindland. Pedro entró en la empresa
y saludó brevemente a todos los que se cruzaron en su camino y casi ignoró a Alison, que ya se había reincorporado al trabajo. Sus pasos eran urgentes, necesitaba verla; necesitaba que, de una vez por todas, las cosas se arreglasen entre ellos, que entendiera que la amaba, que la necesitaba como nunca creyó que podría necesitar a otro ser humano. Entró en la oficina de Paula y encontró allí a Federico, que estaba discutiendo con ella la legalidad de unos contratos. En pocas zancadas, llegó hasta donde su amada estaba sentada, hermosa como siempre. Su corazón se derretía cuando la tenía enfrente.


Sin importarle que estuviera su hermano, la puso de pie y se fundió en un abrazo desmedido con ella; su gesto fue tan colosal que empezó a tener efectos curativos. Ese simple contacto físico, de pronto, compensó y mejoró la angustia contenida durante tantos días. Pedro sintió un gran alivio emocional.


Ella, en un primer momento, reaccionó con frialdad, pero luego, al captar las connotaciones que tenía ese abrazo, levantó sus brazos y también lo envolvió; ella también lo necesitaba. Pedro cerró sus ojos y hundió sus dedos en la espalda de Paula, la quería traspasar, y ella simplemente se echó a llorar en su hombro. Federico se dio cuenta de que estaba de más y, sin que lo advirtieran, salió de la oficina y los dejó solos.


Entonces, Pedro se apartó de ella y le cogió el rostro entre sus manos, la besó y le habló sobre los labios.— No llores, nena. Basta de lágrimas, por favor, no quiero que llores más. Te aseguro que te amo mucho más de lo que tus dudas te dejan ver.


La incertidumbre de Paula se disipó al verlo y supo, en ese
mismo instante en que él la aprisionó contra su pecho, que
utilizaría su sabiduría intuitiva y escucharía a su corazón; ese que le decía que necesitaba a ese hombre en su vida, con sus aciertos y sus errores, con todo y más. Ese abrazo significó la sanación a tantas indecisiones, alguien que no la amara realmente no hubiera podido abrazarla como Pedro lo había hecho; se sintió protegida, en confianza, con fortaleza y segura, por encima de todo.


Pedro tocó el borde de su boca con la lengua, la palpó y examinó esos labios, dulces como la miel y ardientes como el fuego, que ansiaba poseer con locura; los sedujo con los suyos, los acarició una y otra vez con su lengua experta, proporcionándoles cariño y cuidado, hasta que se abrieron
dándole paso a todos los rincones de su boca. Entonces su lengua ansiosa y voluptuosa se encontró con la suave y mansa de Paula, que se entregaba para permitir que la complaciera. Trazó con ella una danza alocada de pasión y urgencia que parecía no tener fin. En ese momento, se separó de sus labios por un instante y, sin aliento y de manera exacerbada, le habló:
—No puedo esperar para tenerte. No es la forma en que soñé volver a reanudar nuestra intimidad, pero no puedo aguardar más, Paula.


Se alejó un poco de ella y trabó la puerta. Luego se acercó de nuevo y volvió a asaltar su boca, probando el sabor de su aliento y las caricias de su respiración. Le levantó el vestido hasta la cintura y se aferró a sus nalgas con posesión,
marcando territorio mientras le hundía sus dedos abrasadores. La alzó sosteniéndola por el trasero y apretándola contra su cuerpo.


Paula, entonces, le enredó las piernas en la cintura y afianzó los dedos en su espeso cabello para darle más profundidad al beso.


Pedro la apoyó contra la pared y se refregó en su entrepierna; no podía pensar, sólo anhelaba que ella sintiera cuánto la deseaba. Sin soltarle las nalgas, la sentó en el escritorio y se apartó unos minutos para admirarla. 


Necesitaba que sus ojos azules se fundieran con su cuerpo, quería glorificarla; para sus pupilas, era una celebración poder encandilarse con ella. Se acercó de nuevo y se perdió en el escote de Paula, lamió el nacimiento de sus senos y, aunque intentó liberar uno de ellos, la hechura del vestido no se lo permitió, pero no iba a seguir perdiendo el tiempo. Bajó sus manos hasta sus caderas y se las acarició, la sedosidad de su piel era perfecta, ella estaba expuesta y
casi sin respiración frente a él.


Enganchó sus dedos en el tanga y lo deslizó por sus piernas, se agachó y besó su bajo vientre. Se quedó embelesado durante un momento con su monte de Venus depilado; lo acarició y deslizó sus dedos entre los pliegues de su vagina. Ella estaba muy húmeda, preparada para él, se había hecho agua entre sus manos y, entonces, un cúmulo de ansiedad se apoderó de sus entrañas. Pedro se bajó los pantalones hasta la rodilla y blandió su erección, dirigió su pene hasta la entrada de su vagina y se introdujo en ella despacio, mientras cerraba los ojos. En ese mismo instante, dejó escapar un gemido contenido y tembló; Paula, en cambio, permanecía expectante a todas sus emociones: necesitaba verlo gozar más que nunca, estudiar cada una de sus expresiones, pues descubriría en ellas lo que Pedro sentía de verdad. Aquel hombre estaba perdido, entregado; su rostro, extasiado, era más perfecto aún. Los músculos de su cara estaban en tensión. En ese preciso momento, abrió los ojos y clavó su profunda mirada azul en la de Paula.


—Esto es todo lo que necesito, esto es la gloria.


Tras permanecer unos segundos hundido en ella, comenzó
a moverse muy lentamente, una y otra vez; se balanceaba dentro y fuera, acariciándola con su sexo, le apretaba las caderas sin dejar de mirarla; la boca de Pedro estaba entreabierta y, con cada penetración, dejaba escapar el aliento. Paula metió sus manos por dentro de la camiseta para enterrar las uñas en su espalda y ayudarlo a ir más allá en sus embestidas, mientras abría sus piernas lo más que podía para que Pedro se encastrara en ella más y más profundamente.


—No me duele, Pedro, acelerá un poco, por favor, necesito más.


—Nena, tengo miedo de hacerte daño.


—Es mi cuerpo, yo te diré hasta dónde, más fuerte, por favor.


Susurraban para que nadie los oyese. Entonces, Pedro le cogió las piernas y se contoneó como ella le pedía, aunque sintió que así todo iría más rápido de lo que quería.
Sin embargo, en una ráfaga de conciencia, pensó que estaban en la oficina y decidió que era lo mejor.
Paula le habló al oído.


—Podés terminar adentro, ya he comenzado a tomar los
anticonceptivos de nuevo.


Pedro enarcó una ceja y le sonrió oscuramente, la contempló mientras seguía bamboleándose en su interior y buscaba ese éxtasis al que sólo ella podía hacerlo llegar.


Paula esperaba ansiosa esas cosquillas en su vientre, sentía que estaban muy cerca y, aunque le hubiese encantado que el momento no terminase nunca, tuvo la lucidez de pensar que estaban en Mindland.


Su vagina empezó a presionarlo y Pedro lo notó de inmediato: ambos estaban muy receptivos a pesar de la urgencia.


—Te amo, nena, te amo... Esto es sublime.


—Voy a correrme.


 —Lo sé, yo también, terminemos juntos, mi vida.


Se menearon algunas veces más hasta que un abanico de
sensaciones los invadió y expelieron todos sus fluidos. Se
quedaron respirando sin resuello, jadeando. Él la tenía aferrada de las caderas y mantenía su frente apoyada en ella; Paula le había clavado sus manos en la nuca. Pedro levantó los brazos, le acarició la espalda y la aprisionó un poco más contra él, para brindarle calor. Ella se agarró con fuerza a su cintura y lo rodeó con las piernas.


—Te amo, Pedro, necesito confiar en vos.


—Podés hacerlo, nena. Te juro que, desde que me enamoré de vos cuando te conocí, me he convertido en la persona más transparente del mundo. Me has cambiado la vida, Paula. 


Se limpiaron y compusieron sus ropas.


—¡Qué vergüenza, Pedro! ¿En qué momento se fue Federico?


—No te aflijas.


—Pero ¿cómo salgo ahora de acá?


—De mi mano, nena.


—Estamos locos. —Se carcajearon.


—Vayamos a saludar a mi hermano y a mi padre, y nos vamos a casa, ¿te parece?


—No, esperá, dejame recomponerme un poco; me siento
avergonzada. —Se abanicó con la mano. 


—Vamos, Paula, nadie notará lo que acaba de pasar acá.


Fueron al despacho de Federico y entraron sonrientes. Pedro soltó a Paula y abrazó a su hermano, a quien no había visto desde la boda; se palmearon la espalda.


—¡Ah, veo que te acordaste de que tenías un hermano!


—Lo siento, no quería ser desconsiderado, pero fue una
semana intensa en París y no veía la hora de encontrarme con Paula.


—Ya me di cuenta, ni siquiera se enteraron cuando me fui, me quedó bastante claro que estaban en su mundo. —Paula se removió incómoda—. Pero los comprendo; hoy, antes de venir para acá, comentábamos con Alison que
tenemos suerte de trabajar en el mismo lugar, porque después de los días compartidos en la luna de miel, nos hubiera costado horrores separarnos.


Pedro había vuelto a cobijar a Paula entre sus brazos y le besaba el cabello, la sien y la nariz.


—¿Cómo fue esa luna de miel?


—¡Increíble! Un viaje soñado.—Federico le palmeó la espalda a su hermano—. Les recomiendo esa escapada para ustedes también. ¿Ya saben dónde van a ir de luna de
miel?


—Aún no lo hemos decidido —contestó Paula, mientras se daba la vuelta y miraba a Pedro a los ojos.


—Pasaron tantas cosas que nuestros planes se detuvieron un poco, recién ahora estamos retomando nuestra normalidad — explicó Pedro y Federico hizo una mueca para demostrarles que lo sentía.


— Pero no cambiaron la fecha, ¿verdad?


—¡No! —contestaron ambos al unísono.


Llamaron a la puerta y Horacio se asomó, después de que Federico le indicara que entrase.


—Alison me dijo que estaban acá. Me enteré de que habías
llegado, Pedro, y fui a tu oficina. — Se estrecharon en un abrazo que los dos necesitaban desde hacía semanas. Horacio le guiñó un ojo a Paula, para indicarle que todo volvería a estar bien con su hijo; luego se apartó, le palmeó el carrillo y le retiró el pelo de la cara —. ¿Todo bien por Francia?


—Todo perfecto, papá.


—Paula me contó alguna cosa.


—Cuando llegaste, estábamos revisando todo lo que nos habías enviado —acotó Federico.


—¿Por qué no van a casa? — les sugirió Horacio a Pedro y a Paula —. Andá a descansar del viaje, hijo, y por la noche vienen a cenar al Belaire con nosotros. Ahora que estamos todos en el país de nuevo, tu madre estará encantada de
tenerlos allí. Le pediré que avise a Hernan y a Luciana también. ¿Qué les parece? —Buscó la mirada de Federico, que asintió.


—Me parece perfecto — contestó Pedro—. La verdad es que necesito descansar unas cuantas horas, uno nunca duerme del todo bien en un avión.


En realidad, en este último viaje no había pegado ni ojo,
porque sólo deseaba llegar y ver a Paula. —Ustedes también vienen, ¿verdad? —insistió Horacio mirando a su otro hijo.


—Sí, viejo, seguro —le prometió Federico.