domingo, 17 de agosto de 2014
CAPITULO 117
Pedro se despertó aturdido y recordó, de pronto, que tenían que ir a cenar a casa de sus padres. La habitación estaba sumida en la penumbra, así que imaginó que debía de ser bastante tarde.
Preocupado, cogió su iPhone y miró la hora; efectivamente, rendidos por el esfuerzo en la práctica del sexo, se habían quedado dormidos hasta casi las ocho de la noche. Miró a
Paula, que dormía a su lado, desnuda y boca abajo, en ligueros y medias, y se rió recordando lo bien que se lo habían pasado. No pudo resistirse y besó y acarició su espalda; después, con voz de arrullo, la llamó para que se despertase:
—Vamos, nena, nos esperan en el Belaire.
—Hum...
—Venga, Pau, vamos a darnos una ducha rápida y nos vamos.
—¿Qué hora es?
—Las ocho.
—¡Dios! ¡A tus padres les gusta cenar temprano! Pero estoy
rendida no puedo levantarme, me duele cada uno de los músculos de mi cuerpo.
—Vamos, bonita, ¿querés que te cargue hasta la ducha?
—No, dejame descansar un poquito más. —Paula se dio la
vuelta y Pedro le apartó los mechones de pelo que le tapaban la cara. Sus ojos brillaban en la semioscuridad—. Soy verdaderamente afortunada.
—¿Ah, sí?, ¿por qué?
—Porque no hay nada más hermoso que despertarme y
encontrarme con tus ojos azules que me miran amándome.
Él le dio un casto beso en la boca.
—Vamos, señorita Chaves, debemos irnos.
La reunión en el Belaire, junto a toda la familia, fue encantadora. Lucas y Noah, los mellizos de Hernan y Lorena, estaban mucho más grandes y compartían más
tiempo con sus tíos y abuelos, puesto que ya no dormían tanto.
Paula se pasó la noche con Lucas en brazos, porque el pequeño tenía predilección por ella y, cada vez que la veía, quería sentarse en su regazo.
—Creo que Lucas está enamorado de ti, Paula —le dijo
Lorena mientras intentaba cogerlo en brazos para darle el biberón.
Noah ya se lo había tomado y se había dormido, pero el otro
pequeñín lloraba y se aferraba al cuello de la joven; no quería ir con su madre.
—¿Sabés? Con mis sobrinos me pasa lo mismo, cuando voy a la plantación no hay quien los despegue de mí, parecen pequeñas garrapatas; mi hermano dice que soy su ídolo.
—Tienes feeling con los niños, se nota —le dijo Lorena,
mientras Lucas chupaba el mentón de Paula.
—¡Oh, Dios, Pedro! ¡Mirá a tu sobrino! Creo que quiere robarte la novia. Su cuñada llamó la atención de Pedro, que estaba un poco lejos, bebiendo una copa de champán junto a Ruben. Sonrió mientras se les acercaba, besó la mejilla del niño y le hizo monerías en su regordete cuello.
—¡Vamos mal, entonces! Pero te entiendo, Lucas, es imposible resistirse a esta belleza, ¿verdad? Creo que definitivamente tiene tan buen gusto como su tío. —El niño pareció escucharlo con atención, pues le clavó la mirada y sonrió achinando sus ojitos y dejando escapar una carcajada. Después agitó las manitas y le estiró los brazos a Pedro, que no pudo resistirse y se agachó para levantarlo, después de entregarle su copa a Paula. Pero cuando el pequeño vio que se separaba de ella, se tiró de nuevo en sus brazos haciendo un puchero—. ¡Hey, hey, no llores! Tu tía no se va a ningún lado, se queda acá con nosotros.
Pero Lucas no lo entendía así y Paula decidió cogerlo en brazos otra vez.
—Dame, Lorena, yo le doy el biberón y me encargo de que
duerma —se ofreció gustosa Paula.
—Pero mirá que tenés que acostarte en la cama con él; Lucas es el más difícil de dormir.
—No te preocupes, será un placer.
A Pedro le generó muchísima ternura descubrir ese lado tan
maternal de Paula y, de pronto, empezó a fantasear.
—Ya vuelvo, amor, voy a darle de comer a este tragón y a
hacerlo dormir.
Pedro sonrió con el corazón en la mano y le guiñó un ojo.
Paula estaba tardando más de la cuenta, así que decidió ir hasta el dormitorio que Ana había preparado para sus nietos. En cuanto entró, ella le indicó que no hiciera ruido, llevándose un dedo sobre los labios. Se quedó mirando
a Paula y a Lucas, que dormía aferrado a su cuello. Su corazón dio un vuelco ante esa imagen tan entrañable y sintió cosquillas en el alma. Especuló una vez más con tener un hijo propio y esa idea le gustó más que nunca. Se acostó con sigilo al otro lado de la cama.
—Chis, se acaba de dormir — le susurró ella.
—Estás hermosa con un bebé en los brazos... —le dijo él bajito, con un codo apoyado en la cama.
—Me encantan los niños y Lucas parece estar encantado
conmigo.
—Creeme que lo entiendo.
—Tonto. —Ella hizo una pausa—. Mientras lo hacía dormir
imaginaba cómo sería un hijo nuestro.
—Hermoso, como la mamá.
—Hum, yo quiero que se parezca a vos.
—Y yo quiero que se parezca a ambos.
—¿Te gustaría tener hijos pronto?
— No me molestaría, sería la forma de perpetuar nuestro amor. ¿Y a vos te gustaría?
—Sí, me encantaría que fuera rápido, porque así cuando ya sea grande, tendremos tiempo para nosotros.
—De todos modos, tendremos tiempo para nosotros.
—Sí, lo sé, pero deberemos repartirlo con él.
—O con ella.
—O con él y ella, o con dos varoncitos o dos nenitas; no te
olvides de que, siendo vos mellizo, las posibilidades son altas.
—Hum, eso sí que sería complicado, ¿verdad? Con dos
niños, necesitaríamos ayuda.
—En mi próxima consulta con el doctor Callinger, le preguntaré cuál es el tiempo prudencial que tiene que pasar para que me pueda quedar embarazada.
—Me parece perfecto.
—No puedo creerlo.
—¿El qué?
—Que estemos planeando tener hijos.
—A mí también me cuesta creerlo, antes nunca... nunca me
imaginé con un hijo en brazos y hoy, Paula, debo confesar que es uno de mis más grandes anhelos, después de que nos casemos.
Pedro la besó y Lucas hizo un ruidito, se removió y se estiró,
dándole con el pequeño puño en la cara a Pedro.
—No quiere que me beses — le advirtió Paula. Se rieron y
Pedro le dio un beso en la manita a Lucas... ¡Olía tan bien!—. Dejame ponerlo en la cuna, así podemos volver con los demás.
—Sí, además Ana estáesperando para servir la cena.
Como de costumbre, cuando terminaron de cenar, la reunión se extendió al salón, donde tomaron café y siguieron charlando. Los temas de conversación en familia
siempre eran variados e inagotables; pero, ese día, Luciana
y Ruben estaban esperando ansiosos que todos estuvieran preparados porque querían comunicarles algo.
—Tenemos una noticia que darles. —En cuanto Ana oyó
esas palabras, supo en seguida lo que iba a decir su hija y se cubrió la boca—. Sí, mamá, emocionate, porque en ocho meses va a llegar el primer McCarthy.
Pedro fue el más efusivo, se levantó como un resorte y se abrazó a su hermana; le besó el cabello y el cuello y se mostró realmente conmovido, y es que la unión que ellos tenían desde el útero era imposible de disimular. La apartó
para contemplarla y le palpó el vientre con perplejidad.
—No puedo creerlo, pendeja, ¡vas a ser mamá!
—Sí, hermanito, podés creértelo porque es cierto.
—¡Dios! ¡Estoy contento como si el padre fuera yo!
Todos se rieron, Ruben le palmeó la espalda y Pedro lo abrazó
—¡No quiero imaginar cómo te vas a poner el día que te enteres de que vas a ser padre!
—Es cierto que con mis otros sobrinos también lo disfruté —le dijo Pedro a Hernan—, pero con el embarazo de Lorena estábamos todos tan asustados...
—Te entiendo, hermano, no hace falta que te justifiques.
—Además, todos sabemos cuán unidos están ustedes —añadió Federico—. La época de los celos ya se nos pasó. No somos críos.
—¡Desde luego que no sois críos, está a punto de llegar mi
tercer nieto!
—O nieta, papá.
—¡Vení acá, chiquitina mía, no puedo creerlo! —Horacio también estaba muy emocionado.
Todos querían felicitar a Luciana, pero como Pedro no
acababa de soltarla, se abalanzaron a abrazar a Ruben, que esa noche también estaba muy conmovido. La noche se convirtió en un gran festejo en casa de los Alfonso. No era extraño: la familia se agrandaba y la niña mimada de todos se iba a convertir en madre.
sábado, 16 de agosto de 2014
CAPITULO 116
Cuando terminaron de comer, él apartó la bandeja y se sentó más cerca de ella. Acto seguido, le pidió que cerrase los ojos.
—Ahora podés abrirlos.
Cuando Paula lo hizo, se encontró con una caja de cuero con las letras grabadas de Boucheron, que descansaba sobre la palma de la mano de Pedro.
—Es para vos, ¡abrila!
Ella cogió la caja, la miró unos instantes, estudiándola,
levantó la vista y apartó el estuche, cogiendo por sorpresa a Pedro. Se movió con rapidez, se aferró a su cuello, se acurrucó en su regazo y le habló desde muy cerquita:
—Vos siempre sos el mejor regalo para mí.
Se besaron y luego él tomó la caja nuevamente e insistió para que la abriera. Paula lo hizo y se encontró con el fulgurante brillo de las piezas de joyería exclusiva.
—¿Te gustan?
—Son hermosas, exquisitas, me encantan los pendientes y el brazalete. ¿Qué decirte, Pedro? Vi a muchas actrices en las revistas que los llevan puestos; y siempre los admiré.
Pedro sonrió.
—Entonces acerté con el regalo. Y lo más importante es que
éstos son tuyos y ya no tendrás que admirar más los de las fotografías.
—Gracias por hacerme sentir siempre tan especial.
—Sos especial para mí, por eso necesito demostrártelo. —Se besaron—. Aún debo comprarte una sortija de boda; prometo encargarme de eso con celeridad.
—Que sea algo sencillo.
—Chis. —Le guiñó un ojo—.Te dije que me encargo yo.
—Yo también tengo un regalo para vos.
—¿En serio?
Ella asintió con la cabeza.
—Te salvaste porque te lo compré antes de todo ese mal rollo.
—¿Creés que no me lo merezco?
—Pues creo que sí, te lo merecés.
Él le besó la punta de la nariz y le mordió un carrillo.
Luego Paula se levantó de la cama y fue hacia el vestidor. Volvió con dos sobres azules: un estuche de joyería y otro paquete mucho más grande, que acarreó con dificultad.
Primero, le entregó uno de los sobres. Pedro lo abrió y sacó
un certificado emitido por el Global Star Registry, que indicaba el nombre dado a una estrella, «Pedro y Paula»; también testificaba que el registro se había realizado en la oficina de la propiedad intelectual de Estados Unidos y señalaba, además, sus coordenadas astronómicas.
—¡Mi amor! ¿Una estrella con nuestro nombre?
—Sí, tal vez es un poco cursi, pero me gustó mucho la idea — admitió ella encogiéndose de hombros—. Después de todo, dicen que el amor es ñoño. —Dejó escapar una risita.
—¿Cursi? ¡No digas eso, me ha encantado! Me parece fantástica la idea de que haya una estrella que lleve nuestros nombres, ¡gracias! Vení acá, ñoña. —La cogió por la nuca y besó sus labios con pasión, los succionó y los lamió con mucha ternura.
—Hay más —dijo Paula señalando el otro sobre. Entonces,
Pedro extrajo del paquete un mapa que proporcionaba un trazado exacto para poder navegar por el cielo con un telescopio y localizar la estrella. En aquel momento, y después de que Pedro desplegase el mapa, Paula gateó sobre la cama para levantar el paquete que había llevado hasta allí con dificultad, pero como era muy pesado,Pedro se movió rápidamente para ayudarla. Entre los dos,abrieron el envoltorio y la caja quedó al descubierto: le había regalado un telescopio astronómico computarizado.
—¡Vaya! ¡Nena, qué regalo tan fantástico! —exclamó con asombro al descubrir el reluciente aparato de color blanco y cromo.
—¿Te gusta?
—¡Me encanta! Me muero por aprender a usar esto y ubicar
nuestra estrella. Vení acá, te merecés otro beso; yo también me siento ñoño. —Se carcajearon y, después, él le rodeó el cuello y volvió a tomar sus labios por asalto.
—Me explicaron que se usa muy fácilmente, sólo hay que orientarlo en la línea norte-sur, y con la inclinación de la latitud del lugar, algo que se obtiene fácilmente con un reloj. Creo que con tu Hublot podrás conseguirla fácilmente. —Él asintió—. Luego hay que cargar las coordenadas de las estrellas más brillantes en este ordenador, para calibrarlo. —Paula sacó de la caja un aparato que parecía un mando a distancia pero que, en realidad, era el ordenador del telescopio, y se lo enseñó—. Trae un software explicativo con las instrucciones. —Mientras ella le explicaba, los ojos de Pedro bailoteaban extasiados del aparato a su rostro.
Esa mujer tenía un poder increíble sobre él, lo tenía
fascinado o, como ella misma decía, atarantado—. Bueno y esto forma parte del kit de la estrella — dijo ella entregándole la caja de joyería, que Pedro abrió con
impaciencia. En ella encontró un llavero de plata, donde estaba grabado el nombre de la constelación y sus coordenadas exactas.
—Sos increíble, Paula, jamás se me hubiese ocurrido algo así; sólo tu mente pudo haber volado hasta este regalo tan especial.
—Tenía miedo de que no te gustase, es que... ¡tenés de todo!
—No tengo de todo.
—No seas modesto. —Paula se recolocó la bata de seda, que se le había abierto dejando escapar uno de sus senos, y se acurrucó entre los brazos de Pedro. Él la recibió gustoso—. Me dijiste que tenías una fantasía con tu regalo,¿no?
—Así es.
—¿Cuál es?
—Hum, despejemos la cama.—Quitaron todas las cosas que había encima de ella y luego Pedro le pidió que lo esperase ahí. Se dirigió resuelto hacia el vestidor, llevándose consigo la caja de Boucheron. Al regresar, le explicó que había dejado preparado allí lo que deseaba. Paula lo miró sin entender demasiado, pero se levantó para darle el gusto.
—¡Es ropa! —chilló Paula desde allá y regresó. Pedro estaba sentado en la cama con la espalda apoyada en el cabezal—. ¿Adónde vamos?
— Quiero que te vistas y que, después, te desnudes para mí.
—¡Me da vergüenza!
—Pero ¡si ya lo hiciste en el Faena!
—Pero eso nació de forma espontánea.
Pedro juntó sus manos y apoyándolas en su boca le suplicó:
—Quiero que me vuelvas loco como aquel día y que te quedes sólo con las joyas y los zapatos puestos.—Paula gateó sobre la cama.
—¿De verdad te volví loco?
—¡Muy loco! Me enardeciste y me pusiste tan duro que creí que me iba a correr sin necesidad de tocarte.
Paula le lamió los labios, luego lo estudió mientras decidía y
él le dedicó una mirada tan pícara que la tentó.
—Esperame acá, Ojitos, ya vuelvo. —Pero cuando ella quiso
alejarse él la cogió por la nuca y la miró oscuramente.
—No tardes —le dijo con voz grave y sensual.
—Lo bueno se hace esperar y mi imaginación se acaba de
despertar, así que paciencia. Si querés un espectáculo, dejame prepararme. —Le mordió el labio y se marchó.
Regresó con un pañuelo de seda negro entre sus manos, aún no se había cambiado—. Tenelo a mano —le dijo y le guiñó un ojo—, cuando te indique quiero que te vendes los ojos. —Pedro se quedó pasmado y superexcitado.
—Hum, esto se está poniendo muy interesante.
Después de unos minutos, y antes de aparecer en el dormitorio, Paula le gritó a Pedro que se vendara los ojos, pero no se quedó ahí.
—¿Adónde vas? —Pedro oyó sus pasos.
—¡Chis! Ya vuelvo, no hagas trampa y te destapes los ojos. ¡Ah! y quitate esa bata.
Pedro se rió divertido e hizo lo que ella le indicaba. Paula fue hasta la cocina y, tras unos minutos, regresó con una copa de champán, fresas en un recipiente y un bote de nata.
Apoyó todo con mucho cuidado en una mesilla, intentando
no hacer ruido para no delatarse, y luego conectó su iPod al sistema de sonido del dormitorio. Se reía en silencio por todas las travesuras que su mente estaba maquinando; la vergüenza se le había esfumado: Pedro la desenfrenaba y le hacía vivir y sentir como nunca. Estaba excitada, nunca hubiera pensado que un juego como ése la podía poner en ese estado. Se había vestido con las prendas que Pedro
había elegido de entre su ropa: un corsé, unas ligas color caramelo que sostenían sus pantis y un vestido muy ajustado con escote palabra de honor, con lentejuelas
negras y plateadas. Se había calzado unos Louboutin con
purpurina asimismo plateada y llevaba puestas las joyas que Pedro le había regalado. Entonces, sin más demora, apretó el play para que Etta James comenzara a cantar
A sunday kind of love, una melodía muy sugerente que hizo que Pedro se removiera sobre el lecho y se pusiera en una actitud expectante.
Notó en seguida que la cama se movía y supuso que Paula se había subido a ella, pero como tenía los ojos vendados no pudo verlo. Ella gateó hasta él, le separó las piernas para hacerse un hueco entre ellas, se le acercó y le respiró sobre el rostro. Él estaba muy receptivo. Se acercó a su oído y le habló susurrando:
—Prohibido tocar, Ojitos. — Con una voz más oscura aún, le preguntó—: ¿Entendido?
—Entendido —le contestó él.
Ella había trasladado todos sus complementos a la mesilla de noche; se estiró, tomó una fresa que sumergió en La Grande Dame, la roció con abundante nata y se la colocó en la boca, sosteniéndola entre los dientes; se acercó a la boca de Pedro y la apoyó en la de él.
Se sorprendió; encendido, abrió la boca y la aceptó. Paula introdujo su lengua junto a la fresa y lo besó; lo succionó tomando plenamente el control. Pedro ya estaba enloquecido, porque Paula sabía cómo ponerlo a mil; su erección había crecido: estaba duro y muy excitado.
Luego cogió la copa de champán y repitió la maniobra
anterior, sólo que esta vez le puso la fresa a él entre los dientes para que se la pasara a ella.
Pedro estaba deseoso de levantar sus manos y asirse a su
cuerpo, atraparla y aprisionarla contra él, pero ella no se lo
permitía.
—No, señor Alfonso, usted pidió jugar a este juego, así que
ahora tiene que aguantarse.
—Nena, estoy muy caliente.
—Tranquilo, vas a tener todo lo que ansías. —Se acercó a su oído de nuevo y le habló muy cerca —. Lo prometo, mi amor, te daré todo lo que tu mente está imaginando. Te amo, Ojitos.
Pedro sonrió con ese gesto de perdonavidas que tan bien
le sentaba y que a ella la descolocaba. Paula no pudo
resistirse a los encantos de su hombre y se aferró a su nuca para poseer sus labios; luego se apartó de él. Pedro respiraba entrecortado, intentando oír los movimientos de Paula, pero la música se lo impedía. De pronto, sintió que ella enganchaba su dedo en el pañuelo que le cubría los ojos. La seda se desató con facilidad y pudo disfrutar de una imagen incomparable de Paula caminando de espaldas a él. El vestido resaltaba todas sus curvas, como si estuviera impreso en su cuerpo; su culo, que lo enloquecía, parecía realmente grande enfundado en él.
Ella se detuvo junto al jacuzzi que estaba incorporado en el
dormitorio, abrió las piernas y se agachó cogiéndose de los talones.
Después se levantó despacio, de manera muy sensual, mientras se acariciaba las piernas. Cuando llegó con sus manos al bajo del vestido, fingió que iba a levantarlo, pero sólo le mostró el muslo, la puntilla de sus medias de seda y el broche de sus ligueros; luego volvió a cubrirse. Llevó entonces su mano a la cremallera del vestido y la bajó unos centímetros; después se dio vuelta para mirarlo de forma seductora, volvió al cierre y terminó de bajarlo. Sostuvo la prenda a la altura de sus senos con un brazo, para evitar que se viera más de la cuenta, y jugó con su pelo. Lo tiró hacia un costado y se pasó un dedo por los labios. Acto seguido bajó sus manos despreocupada y dejó que el vestido se deslizara por su cuerpo.
Pedro la miraba alucinado, respirando con dificultad. Paula se quedó en corsé y tanga, dos prendas de encaje transparente que dejaban apenas cubiertas, tras el tul, sus partes más íntimas, esas que él tanto deseaba. Desinhibida y excitada, se pasó la mano por el cuello y lo exhibió ante Pedro echando su cabeza hacia atrás. Embriagada por el momento, hundió los dedos de su otra mano en su cabello. A esas alturas, a Pedro ya le costaba tragar; su mirada la recorría y seguía cada uno de sus movimientos.
Paula enderezó la cabeza y clavó la mirada en la increíble erección que Pedro presentaba ante sus ojos. Lo deseó, sintió electricidad en su cuerpo, un hormigueo en su vientre y una punzada en su sexo; instintivamente, se llevó la mano al pubis y se acarició por encima de la ropa interior, mientras se relamía.
Entonces, sin poder contenerse más, se aproximó a su hombre, se apoderó del pañuelo y volvió a arrastrarse sobre la cama de manera muy sensual. Mientras gateaba, la cabeza de Pedro iba a mil por hora:
Paula se había convertido en fuego,pasión, delirio y Pedro se movió un poco esperando recibirla, pero ella lo sorprendió y le pidió,con una voz muy gutural, que se acostara. Le indicó que levantara ambos brazos por encima de su cabeza y lo ató de las muñecas con el pañuelo; después se sentó a horcajadas sobre él. Pedro estaba entregado, abandonado a sus exigencias. Ella se acercó y le pasó la lengua por los labios; él los quiso atrapar, pero Paula fue muy rápida y se apartó. Se estiró, cogió el bote de nata y escribió «I love» en su torso con él.Pedro la observaba fascinado; Paula se inclinó despacio y posó la lengua en su piel mientras lo miraba con verdadera lascivia, hasta que comenzó a lamerle la nata con la que había impregnado su cuerpo. Él se sintió sumamente excitado y cerró los ojos dejando escapar un hondo gemido; imaginó que se iba a correr porque estaba muy caliente,pero intentó serenarse.
Paula enderezó su cuerpo y admiró a su hombre, que yacía
vulnerable, entregado. Al notar el movimiento de su cuerpo, él abrió los ojos para verla y, entonces, ella se desabrochó el corsé y le ofreció sus pechos. Inmovilizado, pero deseando tocarlos, le rogó que le permitiera besarla, pero ella se había convertido en una chica muy mala y negó con su cabeza. Se arrodilló en la cama, cogió las tirillas de su tanga y comenzó a deslizarlas, subiéndolas y bajándolas por sus muslos, hasta que, finalmente, de un tirón las rasgó mientras dejaba escapar un gritito de placer contenido.
—¡Dios, Paula, voy a morir en esta cama!
Paula se había transformado en Afrodita, una deidad del deseo, del amor, de la lujuria: era su diosa de la belleza, la sexualidad y la reproducción; era su divinidad personal, emergida de la espuma del mar y creadora de su propio
universo, la única capaz de enamorarlo, de hacerlo sucumbir, de volverlo ciego de amor. Se sintió Ares, dios de la guerra, amante de la deidad que tenía sentada sobre su cuerpo.
Recordando la mitología griega, creyó que tendría que invocar la clemencia de Poseidón por desearla tanto, por claudicar ante ella como un simple mortal sin voluntad que sólo pensaba en amarla, en hacerla suya, en entregarse lujurioso a su cuerpo.
— Dejame tocarte, nena, dejame fundir mis manos con tu
piel.
—Aún no —le negó ella.
Paula se movió con poderío y levantó ligeramente su sexo para introducir el pene en su cavidad, y ambos gimieron aliviados ante ese contacto tan íntimo. En ese preciso instante empezó a mover las caderas; las hizo girar una y otra vez, mientras Pedro emitía sonidos desconocidos para ella. Estaba tan extasiado que parecía otra persona y empezó a arquear con violencia su pelvis para enterrarse más en Paula y encontrarla en sus bamboleos. Sus ojos le suplicaban de tal forma que ella se apiadó y desató sus muñecas. Con extrema premura, Pedro movió sus manos ávidas para tomarla de la nuca y la besó: necesitaba
empaparse de su sabor, devorarla por completo.
Se movió con astucia hasta dejarla bajo su peso, se apoderó de sus muñecas y la penetró nuevamente, la enloqueció con sus embestidas y se sintió un Adonis sobre su cuerpo. La adoró y se enterró en ella hasta caer rendido, saciado. Paula, por su parte, sintió que las fuerzas la abandonaban, que su cuerpo no le pertenecía y que sus sensaciones eran irreales, míticas.
Satisfecha, dejó escapar su nombre entre sus labios y también se dejó ir.
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