martes, 19 de agosto de 2014

CAPITULO 125



No se veían desde el día anterior, cuando ante una jueza y los familiares y amigos más íntimos habían celebrado la boda civil y la cena preboda en casa de los Alfonso en Los Hamptons. Ese día, al terminar el evento, Paula se fue a dormir con sus amigas a casa de Luciana y Pedro se quedó ahí,con el resto de su familia y los invitados especiales que habían llegado con antelación para los diferentes acontecimientos.
.

Ya no tenían que esperar más, el día tan soñado había llegado.


Desde la mañana, Paula y sus damas de honor se instalaron en una de las suites del Plaza, al igual que Pedro y sus padrinos. Tras prepararse durante todo el día para la gran boda, había llegado el momento de encontrarse. El único contacto que habían tenido durante esa jornada había sido telefónico, para contarse lo que estaban haciendo y dedicarse palabras amorosas; ambos estaban ansiosos por verse. Era la hora y ya estaban listos. 


Antes de que su hija saliera de la habitación en busca de Pedro, Alejandra se fundió en un abrazo con ella.


—Mi amor, sé que serás muy feliz. Te adoro.


—Te amo, mamá, en un rato nos encontraremos para las fotos.
¡No puedo creerlo, llegó el día! No quiero llorar, mami, así que mejor me voy ya.


El encuentro se llevó a cabo en una de las majestuosas escaleras de mármol del hotel, que había sido adornada con infinidad de flores blancas.Pedro estaba de espaldas al final de la escalinata y Paula empezó a bajar con su traje y su ramo de novia para posar para las fotos y las cámaras de vídeo.


Parecía una princesa. Llevaba un vestido con una larga cola de organza de seda, de diez capas superpuestas, con un escote palabra de honor bordado con flores de tela y plumas, al igual que el bajo de la vaporosa y enorme falda. Su estrecha cintura estaba rodeada por un cinturón de cordellate íntegramente bordado con cristales y piedras preciosas. Llevaba el cabello semirrecogido, con ondas
muy marcadas y una tira de piedras enredadas entre los amplios rizos.


Le temblaban las piernas, estaba muy nerviosa y, cuando lo
vio parado ahí, de espaldas, creyó que se caería redonda en ese mismo instante.Pedro se giró cuando el fotógrafo y el camarógrafo lo ordenaron y se quedó patitieso. No podía creer lo maravillosa que estaba Paula. Esperó a que llegase al final y, en ese instante, como si ambos hubieran escapado de un cuento de hadas, él le extendió su mano, se la besó y se fundieron en un abrazo.


—Mi amor, estás... hermosa.—Las palabras no le alcanzaban para describir todo lo que sentía—.Dejame verte. —La cogió de la mano y la hizo girar—. Parecés una reina, sos mi reina; se me puso la piel de gallina cuando te vi bajar.
Abrazame fuerte porque no puedo creer que haya llegado ya el día, nuestro día.


—Vos también estás muy hermoso, tanto que tu belleza es una falta de respeto para el sexo masculino, mi vida. ¿Te dije alguna vez que rozás el pecado con tanta hermosura acumulada? —Se rieron, luego Paula se acercó a su oído y le dijo—: Me ponés muy caliente en ese chaqué. —Ella aprovechó y llenó sus fosas nasales con su perfume, ese que la había embriagado desde que lo conoció.


Pedro se rió, echó su cabeza hacia atrás mientras sostenía a
Paula por la cintura y volvió a acercarse a su oído.


—No me digas eso, nena, porque me dan ganas de llevarte a mi habitación y hacerte mía. —Se rieron con complicidad.


Aunque los fotógrafos y los cámaras no podían oír de qué
hablaban, porque ellos lo hacían entre susurros, tomaron miles de imágenes del momento y de las expresiones y miradas que ambos se regalaron. En sus ojos, se notaba el amor infinito que se profesaban.


Luego la familia y todo el cortejo nupcial posaron junto a los
novios. Cuando los profesionales consideraron que había suficientes imágenes de la pareja, volvieron a separarse, no antes de pasar para hacer unas tomas dentro del gran salón, que lucía majestuoso con la decoración que los diseñadores habían ideado. Antes de despedirse, y bajo la atenta mirada de todos sus seres queridos,Pedro le dio un beso a Paula que la dejó sin aliento.


¡Estaban tan felices...!


La terraza del gran hotel Plaza también estaba lista para recibir a los invitados a la boda. Una selección de música instrumental de Richard Clayderman y Kenny G, especialmente elegida por Paula, daba la bienvenida a todos. La sorpresa al entrar en la sala de ceremonias era general. Habían colocado un altar espectacular, diseñado especialmente para los novios, decorado con más de cuatro mil ramas de orquídeas y hortensias blancas, maravillosamente dispuestas. En ese marco tan romántico, los invitados tenían la sensación de estar rodeados de una armoniosa naturaleza. Las miles de velas votivas dispuestas en la entrada, a lo largo del pasillo central y a los pies del altar, conferían al ambiente un toque novelesco, exclusivo y único.


Aunque, desde el día anterior, habían experimentado una intensa maratón, los organizadores y el personal del Plaza tenían todo a punto para que la ceremonia saliera a la perfección.


Pedro esperaba ansioso y expectante el instante en que
sonasen los acordes con que se suponía que debía entrar; eso le indicaría que Paula también estaba próxima a hacer su aparición, aunque, según su criterio, todo estaba demorándose más de la cuenta.— ¿Por qué tarda tanto? ¡Si ya estaba lista! —preguntó Pedro a sus padres en voz alta, en tono impaciente.


—Tranquilo, hijo, deben de estar dándole tiempo a los invitados rezagados —intentó calmarlo Horacio.


Pedro acariciaba su barbilla con desenfreno, demasiado
nervioso con tanta espera. No podía estarse quieto: se arreglaba las mangas, se tocaba los gemelos y los ojales, miraba la hora... Estaba muy impaciente.


—¡Relajate un poco, Pedro! Me estás poniendo nerviosa a mí —le pidió Ana.


Por fin llegó el momento y empezó a sonar una versión
instrumental de Todo lo que hago lo hago por ti; entonces, por la puerta lateral entraron el oficiante de la boda, Pedro, su madre y su padre.


—Mamá, me tiemblan las piernas, en mi vida me he sentido
así.


—Tranquilo, mi tesoro, todo saldrá maravillosamente bien.
Respirá hondo y disfrutá. Es tu momento y el de Paula, grabá cada instante en tu memoria y no te prives de nada.


Alejandra también estaba en su sitio esperando y le tiró un beso a su yerno, con quien, la noche anterior, había mantenido una extensa, cálida y emotiva charla, en la mansión de Los Hamptons. Pedro le devolvió el gesto con un guiño de ojo y una sonrisa nerviosa. Todos los allí presentes vestían de gala.


Pedro tomaba bocanadas de aire continuamente; por el
pasillo central de la terraza del Plaza, donde se había montado la escenografía para la ceremonia, empezaron a aparecer Daiana, Carla, María Paz, Mariana y Luciana, las damas de honor de la novia. Junto a ellas, entraron Matias, Ezequiel, Mikel, Hernan y Federico, los padrinos de honor del novio, con el acompañamiento de Mozart, Canon in D.


Cuando todos estuvieron situados, la música cambió y sonó
Trumpet Tune, de Purcell. En aquel momento, entró Clara, sobrina de Paula, que era la encargada de esparcir pétalos por delante de ella hasta llegar al altar, donde Pedro la
esperaba anhelante.


Cuando la pequeña se colocó junto a Ale, comenzaron a sonar los primeros acordes de la marcha nupcial y todos se pusieron en pie.


En pocos segundos, el recinto se había llenado de emoción y expectación. Pedro creyó que se quedaría sin aire; jamás pensó que podría sentirse así: él siempre había sido dueño absoluto de su aplomo, pero el amor que sentía por esa mujer lo superaba.


Paula entró del brazo de su hermano. Estaba increíblemente hermosa y también muy emocionada; a duras penas podía contener el temblor de su barbilla.


Para sorpresa de Pedro, se había puesto otro vestido. Entonces, él entendió la tardanza. No le quitaba los ojos de encima, no quería perderse ningún detalle de aquella belleza de película que iba a encontrarse con él para prometerse, por fin, amor eterno.


El atuendo que Paula había elegido para casarse era un
exquisito modelo con un canesú de encaje transparente, íntegramente bordado con aplicaciones de finos cristales Swarovski. Las mangas translúcidas llegaban hasta los codos y estaban rematadas con el mismo bordado. La prenda dejaba ver el vestido interior, con un escote palabra de honor que permitía vislumbrar el fino y fruncido corpiño. El canesú terminaba en la cintura con un cinturón decorado por los mismos y delicados cristales. La abertura de la espalda llegaba hasta la cintura y dejaba al descubierto su tersa piel.
Era un vestido majestuoso. La falda vaporosa, con una larga cola, estaba realizada en tafetán, organza de seda y el mismo encaje del canesú y se entremezclaba en ocho capas, que le daban a Paula el aspecto de una princesa de cuento.
Su impecable silueta quedaba realzada por los fruncidos que se marcaban en la cintura. Aunque no se veían, sus zapatos eran de Giuseppe Zanotti y tenían un vertiginoso tacón de aguja, también revestido de brillantes cristales
Swarovski; eran fabulosas piezas de joyería.
De su peinado, definido con muchísimas ondas y recogido
informalmente en la nuca, salía un larguísimo velo de dos capas, realizado en organza de seda bordada. Los tres metros y medio de tela partían de una delicada peineta con aplicaciones de la misma pedrería que el vestido.


Paula era una novia de ensueño.


Complementaban su atuendo unos pendientes de diamantes que habían sido de su abuela materna y que su madre le había regalado. También llevaba puesta la pulsera con que Pedro le había sorprendido para la ocasión. En su temblorosa mano, cargaba un exquisito ramo de orquídeas y lirios de los valles.


Estaba perfecta, inmaculada y radiante.


Pedro se estremeció y creyó estar teniendo una alucinación
cuando la vio entrar con ese espectacular vestido. Temía que el corazón se le parase. La esperaba de pie con las piernas ligeramente abiertas para encontrar un poco más de equilibrio, ya que sintió que se tambaleaba de la emoción. Tenía uno de sus brazos detrás de la cintura y, con esa postura, parecía un caballero de antaño. Con un nudo en la garganta, pensó que Paula no sólo era una novia bellísima, sino que, además, era la mujer de sus sueños.


El aspecto de Pedro no era menos majestuoso. Se había hecho confeccionar a medida un chaqué negro de Ermenegildo Zegna, con levita de un botón y cuello de pico, que había combinado con un pantalón gris marengo de finas rayas. Sobre la camisa de Armani, con cuello italiano y doble puño, llevaba un chaleco cruzado de tres botones, en seda blanca y fileteado en negro, y una ancha corbata de
seda natural azul cielo, que conjuntaba a la perfección con el tono de sus ojos. En el ojal de la levita, exhibía una deliciosa rosa blanca y, en el bolsillo, un pañuelo de seda doblado en V del mismo color que la corbata. Sus zapatos de cordones eran de reluciente piel y tenían un delicado logo de Gucci caligrafiado. Sin olvidar el más minimo de los detalles, Pedro se había colocado en el doble puño de la camisa unos exquisitos gemelos de Cartier en platino y diamante, muy apropiados para la ocasión, que le habían regalado sus padres. Y, por supuesto, también llevaba el reloj Tourbillon Saphir de Bvlgari, de cristal de zafiro transparente y oro blanco, regalo de bodas de Paula, quien le había hecho grabar: «Me tenés atarantada». Estaba muy
apuesto e impecable.


Quedaban pocos minutos para que confirmaran sus votos, que ya habían pronunciado de manera más informal, frente a los testigos y los familiares más cercanos, en la iglesia, puesto que la fe católica sólo aceptaba como legal el
matrimonio en dicho lugar. Sin embargo, para ellos, ésta era la ceremonia oficial, la que habían preparado cuidando cada detalle.


Al ritmo de la marcha nupcial de Mendelssohn, que helaba las entrañas de emoción, Paula llegó al altar, donde Gonzalo entregó la mano de su hermana a Pedro. Con decisión, Pedro la cogió entre las suyas y se la llevó a los labios dejando un suave, generoso y casto beso en ella.


—Te confío al ser más puro y transparente que existe sobre esta tierra, sólo te ruego que la hagas muy feliz.


—Es lo único que deseo Pablo, podés estar tranquilo —le
respondió Pedro y, después, dirigiéndose a Paula, le dijo entre dientes—: Estás increíble, me sorprendiste mucho con el cambio de vestido. —Paula le sonrió arrebatadora.


—Me alegra que te guste, mi amor.


Alejandra y Ana no pudieron evitar derramar lágrimas de
emoción; el sentimiento de una madre es siempre inexplicable y ellas estaban pletóricas y rebosantes de alegría. Horacio cogió de la mano a su esposa e intentó ofrecerle cierta contención, aunque él también la necesitaba, pues ver al último de sus hijos realizar sus sueños lo hacía conmoverse como nunca habría imaginado.


Matias nunca creyó que se iba a enternecer tanto al ver entrar a Paula por el pasillo central y tuvo que secar sus ojos humedecidos.
Ezequiel miró a su amigo, en ese momento, y se le hizo un nudo en la garganta a él también; Paula era como la hermanita menor de ambos y el frío abogado se estremeció al verla, haciendo que cayera su dura coraza. Luciana, acorde a su chispeante temperamento, no paraba de sonreír y, si por ella hubiera sido, se hubiese puesto a aplaudir con desenfreno. Federico y Hernan se miraron cómplices, pues su hermano menor por fin estaba haciendo realidad su oportunidad de empezar a ser feliz.
Ofelia, en el primer banco del salón, era estrujada con cariño por Alison y Lorena; se estaba casando su muchacho más mimado y ella no paraba de llorar con desconsuelo. Ruben miraba a su esposa y disfrutaba de su felicidad, que multiplicaba la de él a la millonésima potencia. Mariana abrazaba a Francisco, que se había arrebujado entre sus brazos, y miraba embelesada a su niñita y a su esposo, que estaban magníficos en el altar. Los abuelos Alfonso se sentían orgullosos de la familia que su hijo había constituido y disfrutaban de ver la unión del último de sus nietos. También estaban allí Guillermina y Patricio,
que había hecho un esfuerzo sobrehumano para subirse al avión, pues el viejo le temía a volar más que a nada en el mundo; pero la niña de su señor Chaves se casaba y no podía perdérselo.

CAPITULO 124



A media manzana de Saint- Honoré, estaba la tienda de
Pronovias donde Paula había elegido comprar su vestido. 


En la página de Internet de esa firma comercial, había visto algunos modelos que le encantaron y concertó una cita. Llegaron puntuales y la gerente las recibió a las tres. Paula pidió ver de inmediato los tres modelos que más le habían gustado y, cuando se los probó, no era capaz de decidirse.


Ana y Alejandra estaban tan emocionadas viéndola vestida de novia, que no paraban de abrazarse y llorar, y tampoco eran muy objetivas. Finalmente, con la ayuda de la vendedora, y cuando su madre y su suegra se serenaron, logró tomar una decisión.




El domingo por la mañana, Paula alegó que le dolía la cabeza y que prefería no salir. Ana también se disculpó aduciendo que iba a aprovechar para visitar a una amiga que vivía en la ciudad, aunque la realidad era otra: ambas
se habían confabulado para no ir a la comida con Renau, dado que el francés había expresado sus intenciones con claridad y había llamado a Paula por teléfono para decirle que no se lo tomase mal, pero que estaba interesado en su
madre. 


—¿Luc, me estás pidiendo permiso?


—No, Paula, sólo deseo ser sincero. Tu madre me gusta y me parece una mujer super interesante.
Sólo necesito su permiso para las intenciones que tengo, pero como tú y yo tenemos un trato comercial, no me gustaría que las cosas se mezclaran y, por eso, he preferido poner las cartas sobre la mesa.


—Pues adelante, Luc; mi madre es mayor de edad y ella
decide sobre su vida.


—En ese caso, ¿podría pedirte que buscaras la forma de que viniera sólo ella a la comida del domingo? —Paula sonreía en silencio al otro lado de la línea telefónica.


—Veré qué puedo hacer, Luc, a veces hay que darle un
empujoncito al destino. Te paso un dato útil: mi madre, por encima de todo, ama el buen humor de las personas. Dicho esto, te deseo suerte.




Alejandra no quería saber nada de ir sola a la comida.


—¡Mamá, no podemos dejarlo plantado! Andá vos, por favor, ¿qué tiene de malo? Yo prefiero quedarme acostada acá o el viaje de esta noche será un suplicio; no logré conciliar el sueño por la migraña.
Ana había quedado con una amiga y, como era su último día en París, no tenía posibilidad para arreglar otro encuentro.


Finalmente, Alejandra accedió y Luc Renau la pasó a buscar por el hotel para ir a almorzar.


—Espero no resultarte atrevido —le dijo el francés saliendo del restaurante—, pero considerando que esta noche os vais, me gustaría decirte que me encantaría que nos volviéramos a ver. Lo he pasado muy bien en tu compañía, Alejandra, tanto en la cena anterior como en esta comida.


—Gracias, Luc, yo también he disfrutado, pero, a nuestra edad, tu proposición suena un poco fuera de lugar.


—¿A nuestra edad? Perdón, Alejandra, pero creo que para los sentimientos no hay edad. Eres una mujer bellísima.


—Gracias —respondió ella y bajó la mirada, mientras paseaban por los jardines del Trocadéro, tras haber almorzado en la Torre Eiffel.


Luc sacó su móvil y le hizo una fotografía por sorpresa. Alejandra sonrió y posó para él con cierta timidez.


—Un pajarito me ha contado que para conseguir enamorarte tenía que hacerte reír, pero cada vez que te ríes, el que se enamora soy yo.


—¡Luc, qué vergüenza! ¿Acaso Paula...? —Él le guiñó un ojo, se aproximó a ella, la abrazó y la besó. Alejandra le siguió la corriente titubeando, pero era imposible ocultar que ese hombre la atraía.


—Lo siento, no pude contenerme. Quiero seguir viéndote,
Alejandra, aunque, en realidad, me encantaría que prolongaras este viaje para que pudiéramos conocernos mejor.


—Debo regresar, pero tengo que confesarte que también me encantaría poder conocerte más profundamente.


—En ese caso, ¿por qué no dar rienda suelta a esta historia? —le dijo el francés y volvió a besarla.


—¡Me siento una quinceañera, Luc! Desde que enviudé no he estado con nadie y ya no recordaba cómo era sentirse así.


—Me ocurre lo mismo. Me quedé viudo hace tres años y, en
todo este tiempo, ninguna mujer me ha provocado esta atracción que siento por ti.





El coche de alquiler que las iba a llevar al aeropuerto las
aguardaba en la puerta del hotel.


Las tres mujeres estaban en el vestíbulo.


—Tranquila, mamá, no te sientas mal por la decisión que
acabás de tomar. ¿Sabés? Me hace muy feliz que hayas optado por quedarte unos días más.


—Debo confesarte que me da un poco de vergüenza, hija mía.


—¡Fuera esa vergüenza, mami! ¡Animate a ser feliz! Realmente te lo merecés. Quizá Luc no sea el indicado, o tal vez sí, pero si no lo intentás nunca lo sabrás. ¡Vamos! ¡Arriba ese ánimo! Te juro que me voy pletórica dejándote acá, en París. —Le guiñó un ojo, la besó y después de despedirse, ella y Ana salieron del hotel rumbo al Charles de Gaulle.

CAPITULO 123



El sábado fue la inauguración de Mindland. Se abrían las tres tiendas parisinas a la vez, pero la ceremonia central y más rimbombante se llevaba a cabo en el local de Saint-Honoré.


Luc Renau y Paula se habían conocido por videoconferencia, así que en cuanto entraron en el local el empresario y ella se saludaron.


—Señorita Chaves, es un placer; por fin, podemos
conocernos en persona.


—Lo mismo digo, Luc; aunque, si mal no recuerdo, nos
tuteábamos. ¿No quedamos así en nuestro último contacto vía Skype?


—Cierto, Paula, tienes razón.


—Te presento a la señora Ana Alfonso, mi futura suegra y la madre de Pedro.


—Un placer, madame. —El francés cogió su mano y se la
estrechó con muchísima caballerosidad.


—Y ella es mi madre, Luc.


—Alejandra Shultz, encantada.—Ale le extendió su mano mientras se presentaba.


—Bienvenidas a París, espero que disfrutéis de la ciudad.


—Sin duda, así lo haremos — contestó Alejandra con vehemencia—. Además de la inauguración de Mindland, hemos venido a buscar el vestido de novia de Paula.


—Por cierto, Paula, nos llegó la invitación a la boda. Muchas
gracias por tenernos en cuenta a Chloé y a mí para compartir ese momento.


—Esperamos que podáis venir.


— Es muy posible que vaya,esta semana te lo confirmaré; sin embargo, la que lo tiene un poco complicado con la fecha es mi hija —Paula respiró aliviada al oír eso, pues habían hecho la invitación sólo por cumplir con el protocolo.
Aunque tanto Pedro como ella esperaban que Chloé no tuviera la desfachatez de asistir—. Ocupémonos ahora del negocio, Paula, quiero presentarte a los empresarios que han venido. Hay algunos amigos inversores que estarían interesados en abrir filiales de Mindland en España, en concreto en Madrid.


—¡Oh, por supuesto, Luc! Cuidemos el negocio, quizá el
domingo podrías invitarnos a almorzar y mostrarnos un poco la ciudad, si no estás ocupado.


—Será un placer pasearme por París con estas tres bellas damas. Despreocupaos, yo me encargo de todo, os sorprenderé —dijo el francés mientras fijaba sus ojos en Ale. Luego se alejó con Paula.


—Amiga, el francés te acaba de echar el ojo —le susurró
Ana a Alejandra en cuanto se quedaron solas.


—¡Ana, estoy un poco mayorcita para eso!


—¡Para el amor no hay edad, Ale! Acordate de lo que te contó Paula en el hotel: él también es viudo, y encima es muy buen partido, ¿o me vas a decir que no es atractivo?


—Dios, me muero de vergüenza, Ana, ¡estoy acá con
mi hija! Además, ya te conté que, después de enviudar, no volví nunca a estar con otro hombre.


—¡Porque estás loca, mujer! Con lo atractiva que sos, te
consagraste al celibato. Por otro lado, estoy segura de que tu hija nos habló del estado civil de Renau con doble intención. Tenemos que revertir tu situación, Ale, debemos encontrarte un buen compañero.


—Ni lo sueñes, no estoy en subasta —afirmó Ana clamando al cielo.



Casi al final del evento...


—Paula, ahí llega Chloé. — Luc le hizo señas para que los
localizara y se acercara. Pero no venía sola, estaba entrando de la mano de un hombre. Paula le hizo una rápida radiografía a la francesa; tenía una figura escultural y aparentaba ser una auténtica devoradora de hombres, tal como la había imaginado.


—Hola, papá, he venido directamente desde el aeropuerto,
así que espero no tener muy mal aspecto. Por suerte, Damien fue a buscarme; si no, no hubiese podido llegar a tiempo.


Su padre la cobijó en su abrazo y le dio un beso en la sien.
Paula, al verla de cerca, sintió más rabia todavía. Su inmensa belleza le causó una punzada de ira y los celos se apoderaron por completo de ella al recordar lo sucedido en la suite de Pedro, meses atrás.


—Hola, Damien —saludó Luc de forma cordial y con un abrazo.


—Supongo que tú debes de ser Paula, ¿no?


—Hola, Chloé, supones bien. —Le extendió la mano, pero la
francesa se acercó y le dio un beso en cada mejilla.


—Te presento a Damien Duval, mi novio. 


Paula se puso contenta al saber que ella no estaba sola, pero, de todas formas, la conversación fue un tanto incómoda.


—Alejandra Shultz, mi madre, y Ana Alfonso, mi futura
suegra.


Se saludaron con dos besos y Damien estrechó la mano de ambas.


—Vaya, has venido muy bien acompañada; veo que Pedro te mandó con guardaespaldas.


—No, nada de eso —le replicó Ana, percatándose de la
ironía en la voz de la francesa—. Mi hijo confía plenamente en esta belleza, están muy enamorados y no existen desconfianzas entre ellos.


Paula le sonrió con dulzura y su futura suegra le hizo una caricia en el mentón. Lo que Paula no sabía era que Luciana, cuando se había enterado de que su madre viajaría a París con ella, la había puesto sobre aviso de lo ocurrido meses atrás con Chloé. «¡Zorra, tomá, chupate esa!», pensó Ana satisfecha mientras le ofrecía una sonrisa de lo más falsa.


—Sucede que, aparte de venir por negocios, he decidido comprar mi vestido de novia. Ana y mi madre me acompañan porque deseo hacerlas partícipes de este momento tan importante para mí; por eso las he invitado.


Paula se aferró a la cintura de su futura suegra, que la abrazó cariñosamente, y se sintió feliz al demostrarle el vínculo que tenían.


Luc parecía no darse cuenta de la tirantez de la situación: ese hombre estaba tan contento con la inauguración y tan obnubilado con la madre de Paula que todo el resto había pasado a un segundo plano.


Alejandra no terminaba de comprender muy bien el porqué de tan antipáticos comentarios; notaba la tensión en la voz de Paula, pero tampoco pudo prestar demasiada atención, pues la mirada constante y la conversación de Renau la tenían un tanto nerviosa.


Como quedaba poco rato para que la inauguración se acabara, Luc invitó a Damien, que era un abogado muy reconocido en París, a que lo acompañara, pues deseaba presentarle a algunas personas. Se excusaron brevemente y se alejaron, dejando a las mujeres solas. Chloé aprovechó entonces y, disculpándose frente a Alejandra y la madre de Pedro, llevó a Paula a un rincón. Ella aceptó, aunque bastante incómoda.


—Te debo una disculpa. —Paula no le contestó, pero Chloé
siguió hablando—: Me he portado como una verdadera zorra y, aunque no me creas, te aseguro que no soy así. Estaba muy mal anímicamente. Damien me había abandonado, habíamos roto y, aunque Pedro jamás me dio pie a que yo creyera que podíamos tener algo más... Yo estaba tan mal que vi en él a un hombre tan caballeroso y atractivo, para qué negarlo... —Su discurso era inconexo; las palabras le fallaban en la disculpa y parecía apenada—. ¡Qué puedo contarte que tú no sepas! Lo siento. Quiero decirte que me tomé libertades que no me correspondían y te pido perdón. Paula, sé que enviarte esa foto fue algo muy bajo, pero cuando lo hice estaba en pleno ataque de estupidez irracional. Me sentí rechazada, y por aquel entonces todo me salía mal; lo lamento, me siento muy avergonzada, sólo espero que puedas aceptar mis disculpas.


—Disculpas aceptadas — contestó Paula con sequedad.


—Quiero decirte, además, que Damien es la persona que amo. Lo que intenté con Pedro fue una gran estupidez y debo reconocer que sólo lo probé porque quería darle su merecido a mi novio y demostrarle que yo podía olvidarlo.
Él nos había visto juntos por casualidad y quise que pensara que... Bueno, mejor no te explico nada más porque tengo miedo de empañar más todo este embrollo.
En realidad, Pedro siempre se comportó de forma muy correcta conmigo; nuestro trato, por su parte, siempre fue muy profesional.


—Gracias por la aclaración, Chloé, aunque no hacía falta. En realidad, cuando Pedro me lo explicó, todo me quedó más que claro, cristalino. Nuestro amor es muy grande y la confianza que nos tenemos es infinita.


—Me alegro mucho, Paula, y me quitas un gran peso de encima, porque cada vez que recordaba mi estupidez me sentía muy afligida.
Estuve incluso tentada de llamarte, pero no quería seguir faltándote al respeto. Yo sabía que hubieras preferido que no estuviera aquí hoy, pero me fue imposible mantenerme alejada, pues mi padre está muy ilusionado en Mindland y me rogó que asistiera a la inauguración. — Paula cerró los ojos asintiendo—. Una cosa más y no te robo más tiempo: gracias por la deferencia en la invitación a la boda. Puedes estar tranquila, porque no iré; será mi padre quien vaya en representación de la empresa.


—Si lo deseas, puedes venir con tu pareja y no habrá problema.
Tu actitud de hoy habla muy bien de ti y, además, tendremos que seguir haciendo negocios, así que estaría bien que fuéramos subsanando nuestras diferencias, en pro del trato comercial que nos confiere.


—Gracias, lo pensaré, pero no quiero que el día más feliz de tu vida te sientas incómoda con mi presencia. Espero que mientras estés en mi país lo pases muy bien y que encuentres un vestido muy especial para tu boda.


—Gracias, Chloé.


Tras la inauguración, todos se fueron a cenar, menos Chloé, que se disculpó poniendo como excusa su cansancio por el viaje.