viernes, 15 de agosto de 2014
CAPITULO 111
Luciana y Ruben ya estaban en Per Se, esperando a los demás. Liliam y Paula llegaron en seguida y ella saludó a su cuñada de forma efusiva. Sólo faltaba Jacob, pero había avisado que estaba aparcando el coche, así que decidieron pedir un aperitivo mientras lo esperaban.
El iPhone de Paula vibró en su bolso; era un whatsapp. Lo miró pensando que era de Pedro, que debía de seguir insistiendo, pero al desbloquear la pantalla vio que era de Chloé. Entonces lo abrió y vio que, con el mensaje, había llegado una foto de la puerta de una habitación.
—Paulette, amiga, estoy nerviosa como
si fuera la primera vez. Él me pone en este
estado, me paraliza y, cuando me habla, pierdo la
razón. Estoy a punto de llamar a su puerta.
Mañana te contaré cómo me fue con Pedro, pero
intuyo que es un gran amante; me encantan sus
manos, no veo la hora de que, por fin, me haga suya.
Paula empalideció, se mareó y hasta sintió náuseas. Volvió a releer el mensaje; no podía creerlo y tenía la esperanza de haberse equivocado al hacerlo por primera vez, pero no, no había error posible. Pedro estaba a punto de traicionarla, de tirar por la borda todo lo que tenían. Guardó el teléfono y miró a Luciana con desesperación; ella había notado en seguida la lividez de su rostro y la cogió de la mano.
—¿Pasa algo? ¿Te sentís mal?
—Creo que me bajó la tensión de golpe. —Estaba consternada. La miró a los ojos y vio en ellos los de Pedro.
—Vamos al baño —le sugirió Luciana. Liliam quiso ponerse de pie, pero Paula la frenó, sin importarle resultar grosera, y le indicó que su cuñada la acompañaba. Ya en el baño, se apoyó sobre el lavamanos; sentía que las piernas le cedían.
—Paula, me estás asustando, estás muy pálida. ¿Llamo a
urgencias?
—¡No! —Sacó el móvil de su bolso, buscó el mensaje y se lo enseñó a la joven.
—Lo mato, lo mato... Te juro que lo mato. —Inmediatamente,Luciana rebuscó su teléfono en el bolso.
—¿Qué vas a hacer?
—Llamar al malnacido de mi hermano e interrumpirle el polvo.
—¡Noooo! —gritó Paula con vehemencia—. Ya todo ha
terminado, dejalo que se siga revolcando con esa zorra, con ella seguramente tendrá lo que merece. —Paula recordó las palabras de Gabriel en la cafetería y se tambaleó—. No me interesa nada más, sacame de acá, Luciana, por favor, llevame... no sé dónde, pero sacame de acá, no quiero que me vean así de destruida. Tu hermano acaba de aniquilarme.
—No llores, no lo hagas, Pedro no merece una sola de tus lágrimas.
Luciana le secó las que habían escapado de sus ojos.
—No puedo creerlo, no me entra en la cabeza que me haga una cosa así.
—Pero... ¿por qué esa calientapollas te envió ese mensaje
a vos?
—Supongo que se confundió.
Ella es la inversionista con quien Pedro fue a negociar la apertura de Mindland en París. Su amiga debe de llamarse Paulette, mi nombre estará arriba del de ella, o no sé, es obvio que ese mensaje no era para mí. Por favor, no quiero regresar a la mesa ni al Belaire.
—Salí a la calle que yo busco a Ruben y nos vamos a casa. Te juro que lo voy a asesinar con mis propias manos; esto no tiene perdón. No te preocupes por nada, no estás sola, Paula, yo estoy a tu lado —le dijo y la abrazó con fuerza.
Luciana se disculpó frente a Liliam y Jacob, les dijo que Paula no se encontraba bien y que la llevaba al Belaire para llamar a su médico personal. Le sugirió a Ruben que se apresurase en pedir el coche, porque Paula esperaba afuera; había salido para que le diera el aire fresco en la cara.
—Me siento culpable, ¿será que caminó demasiado? Pedro va a matarme.
—No, Liliam, no es culpa tuya. —Le acarició la espalda
intentando quitarle presión, parecía muy angustiada—. No te preocupes, cuando venga el médico te llamo para contarte qué nos ha dicho.
—Por favor, no dejes de hacerlo, ¡hemos pasado una tarde
fantástica!
En cuanto Luciana se separó de la mesa, y mientras salía a la calle, marcó el número de su hermano haciendo caso omiso a lo que Paula le había pedido. El teléfono sonó unas cuantas veces antes de que él atendiera.
—¡Agarrá el teléfono, maldición! ¡Atendé Pedro! ¡Dejá de follarte a esa zorra y atendeme!
—Hola, ¿le pasa algo a Paula? —Pedro sabía que iban a cenar juntas y se alarmó.
—¡Sos un jodido! ¿Ya te la tiraste o te interrumpí justo en mitad del polvo?
—¿Qué? ¿De qué hablás?
—¿Cuál es el número de tu habitación?
—No entiendo nada, Luciana, ¿de qué mierda estás hablando?
—¿Cuál es el número de tu habitación? Pedro, no seas tan
jodido, no me tomes por estúpida. ¿Cuál es el maldito número de tu habitación? —le gritó Luciana y varias personas que estaban en el lugar la miraron.
—El 118.
Luciana cerró los ojos; la última gota de esperanza se había
escapado: era el mismo número que aparecía en la foto.
—Tenés a esa zorra ahí dentro, ¿no? ¿Cómo pudiste hacerle eso a Paula? No puedo creerlo, jamás pensé que podías llegar a ser tan ruin. Me siento sumamente decepcionada. Lo siento, hermano, en ésta no voy a acompañarte, me defraudaste. Olvidate de que existo.
—¿Qué? ¿Estás loca? No sé de qué me estás hablando.
—De la zorra esa que tenés en tu habitación, ¡de Chloé te hablo!
—¿Cómo sabés el nombre de Chloé?
—Suficiente, ya me dijiste todo lo que necesitaba saber.
Luciana cortó y tiró el teléfono en su bolso; estaba
colérica, agresiva. Llegó hasta el vestíbulo del restaurante, se cogió la cabeza entre las manos y salió a la calle. Ruben y Paula esperaban en el coche a que ella saliera.
—¿Qué está pasando,Luciana? ¿Podrías explicármelo?
Le pregunto a Paula y no para de llorar... Que alguien me cuente algo, por favor.
—Vamos a casa, mi amor, ahora te explico. Mi hermano ha
metido la pata hasta el fondo. Te juro que lo que ha hecho no tiene perdón.
El teléfono de Luciana no paraba de sonar; Pedro la llamaba
frenéticamente sin poder entender bien el embrollo.
—¿Cómo mierda sabe Luciana que Chloé estuvo acá? —se
preguntó en voz alta mientras intentaba volver a comunicarse con ella. Le escribió un mensaje de texto.
—¡Atendeme, estúpida! Te juro que cuando llegue a Nueva York te vas a arrepentir.
Atendeme y explicame lo que creés y por qué.
¿Cómo mierda supiste que Chloé había estado en mi habitación? Te juro que tengo ganas de molerte a palos como cuando éramos críos.
Cogería un avión sólo para ir a patearte el culo.
Luciana estaba furiosa con Pedro y no pensaba contestarle.
«¡Encima tiene la desfachatez de exigir y hacerse el nervioso!», pensó. Iba sentada atrás, arrullando a Paula, que no dejaba de llorar.
Llegaron a su casa en seguida.
La noche no podía ir peor para Pedro. Primero se había enterado de que Paula y el bróquer se habían encontrado. Después se le había presentado Chloé en la habitación y se había desnudado frente a él esperando que se la follara; y, ahora, lo llamaba Luciana y daba por sentado que sí se había follado a Chloé.
—Pero ¿cómo mierda supo que Chloé había estado acá? —
gritó sin poder entender nada.
La cabeza le iba a estallar.
Estaba sentado en el borde de la cama y se apretaba las sienes mientras intentaba, una y otra vez, que Luciana lo atendiese. Como sabía que la testaruda de su hermana no iba a hacerlo, pensó en llamar a Paula. Pero desistió de la
idea de inmediato: era más que obvio que ella tampoco iba a
responder a su llamada. Además, quería saber antes qué era lo que Paula suponía. Finalmente, decidió probar con su cuñado.
—¿Ruben?
—Hola, Pedro.
—Pasame con Luciana.
—No creo que quiera atenderte, está furiosa con vos y
además está con Paula.
—¿Están todavía en el Per Se?
—No, Paula se descompuso y nos vinimos para casa.
—¿Cómo que Paula se descompuso? —Se puso de pie
mientras se pasaba la mano por el pelo, desesperado—. ¿Qué tiene, Ruben? ¿Llamaron al médico? No me asustes, ¿qué le pasa?
—Está destrozada, ¿qué le va a pasar? No para de llorar después del mensaje y de la foto que recibió de la francesa. Cuñado, no sé cómo vas a salir de ésta. Lo que hiciste no tiene escapatoria, estás jodido.
—No entiendo nada, Ruben, pasame con Paula.
—Vas a conseguir que me pelee con tu hermana.
—¡Chad, no me jodas, pasame con Paula! —le gritó.
Su cuñado golpeó la puerta de la habitación de huéspedes, donde Luciana seguía consolando a Paula, entró y le dijo que Pedro quería hablar con ella. Entonces, ésta chilló para que él pudiese oírla:
—¡Que se vaya a la mierda, no quiero hablar con él nunca más, que se olvide de que existo!
Ruben se puso el teléfono en la oreja.— Pedro, lo siento.
—Ya la escuché, ponele el teléfono en la oreja —le ordenó.
—No quiere, Pedro, no la puedo obligar.
Luciana se levantó y le arrebató el móvil de la mano
después de mirarlo con furia.
—¿Qué carajo querés? ¿No entendés que no quiere hablar con vos? Nadie acá quiere hablar con vos. ¡Sos un maldito infeliz, Pedro!
—No me cortes, no te pongas histérica y contestame a lo que te pregunto: ¿qué foto y qué mensaje le llegó a Paula?
Luciana miró a Ruben como si se lo quisiera comer, apartó el teléfono de su oreja y le habló a su esposo:
—Sos un soplón. —Volvió a colocarse el móvil en la oreja, se lo llevó por delante y salió de la habitación—. La francesa le mandó un mensaje a Paula por equivocación justo cuando estaba entrando para follar con vos.
Supuestamente era para una tal «Paulette». ¡Se te atragantó la aventurita que pensabas echarte en París sin que Paula se enterara! Y la foto era de la puerta de tu habitación. No tenés excusa ni perdón, Pedro, ¡te fuiste a la mierda!
—¡Mierda! ¡Maldita hija de puta! Pasame con Paula y dejame que le explique, no pasó nada. Es cierto que Chloé vino, pero la rechacé, te lo juro, Luciana, no pasó nada.
—No te creo.
—¿Por qué no me crees? ¡Sabés de sobra cuánto amo a
Paula! ¿Pensás que, después de todo lo que pasó, voy a arriesgarme a perderla? ¡Esto es una gran putada,Luciana! —le gritó Pedro desesperado—. ¡No seas estúpida, amo a Paula más que a mi propia vida, te juro que la he rechazado!
Pasale el teléfono, por favor, porque esta vez no puede ser como en Buenos Aires, tiene que dejarme que le explique, ¡ponme con Pau!
Luciana entró de nuevo en la habitación, pero el llanto y el
cansancio habían vencido a Paula.
Estaba adormilada y dopada, puesto que su cuñada le había dado un calmante; era obvio que le había hecho efecto.
—Pedro, se ha dormido. ¿Por qué no dejás que descanse? Mañana va a estar más tranquila y te escuchará más predispuesta.
—Necesito aclarar esto ahora mismo, no quiero que crea algo que no es cierto. No deseo que sufra por nada.
—¿De verdad no te acostaste con la francesa? Jurame que puedo creerte.
—¡Te digo que no! ¿Cómo podés desconfiar de lo que siento por ella? He cambiado, Luciana. Paula ha transformado mi vida, con la única persona con la que quiero estar es con ella... ¿Tanto te cuesta creerlo? Yo no la invité; se me apareció y la despedí inmediatamente.
—Es que ese mensaje se puede interpretar de varias
maneras; o que ella fue o que vos la invitaste.
—¿Qué mierda decía el mensaje?
—No recuerdo bien.
—Buscá el móvil de Paula y leémelo.
—Esperá que baje al salón, creo que el bolso de Paula quedó ahí.
—Leeme el mensaje y despertá a Paula; necesito que me
pases con ella, no es justo que crea algo que no es.
—No seas cabezón, de tanto llorar, hace un rato le dolía la
herida; dejala que descanse. Le di un calmante para que se relajara. — Al otro lado, se hizo un profundo silencio, sólo se oía la respiración acongojada y cansada de Pedro.
—No es justo que nos pasen todas estas cosas, Luciana. Te juro que quiero descuartizar a esa zorra de Chloé. No puedo creerme que esté pasando esto. Leémelo y mañana la llamo.
—Mejor te lo envío a tu número.
—Muy bien.
Pedro leyó y releyó el mensaje, y no paraba de insultar a Chloé mientras lo hacía. Tenía ganas de romperlo todo. Era realmente increíble; parecía que los problemas los perseguían y que nunca se alejarían de ellos. Pensaba
en Paula, en lo mucho que se habría angustiado, y no podía dejar de sentirse impotente; odiaba estar tan lejos de ella. Al final, entre el ahogo y la desazón que sentía en su pecho, terminó durmiéndose cuando ya despuntaba el día.
jueves, 14 de agosto de 2014
CAPITULO 110
Era viernes por la noche y Chloé estaba tendida en la cama de su apartamento pensando en Pedro.
Ese hombre se estaba convirtiendo en una obsesión y, además, lo había conocido en un momento de su vida en que se sentía débil emocionalmente; necesitaba que la
cuidaran y que la hicieran encontrarse bien. La caballerosidad de Pedro la cautivaba, le parecía un hombre enigmático y quería conocerlo más íntimamente.
El teléfono la sacó de sus pensamientos, miró la pantalla y era Damien. Lo atendió a desgana.
—Allô?
—¡Por fin te dignas a atenderme!
—Damien, por favor, ¿para qué me llamas?
—Hoy te he visto, ibas muy bien acompañada en tu coche.
¿Quién es ese tipo? ¿Es tu nueva conquista?
—No tengo por qué darte explicaciones, tú decidiste terminar con nuestra relación.
—¿Tan pronto me has encontrado un reemplazo? ¿Ése es
el amor que decías tenerme?
—Piensa lo que quieras, realmente me tiene sin cuidado.
Después de todo, tú también vives tu vida, ¿no?
—Chloé, te echo de menos. Hoy cuando te he visto
acompañada, me he dado cuenta de que ese tiempo que te pedí no tiene sentido.
—Lo siento, ahora la que necesita un poco de tiempo soy yo.
—¿Me estás hablando en serio?
—Muy en serio.
—Voy para tu casa.
—No, no vengas, no quiero verte.
—Chloé, estoy diciéndote que te echo de menos.
—No, Damien, tú echas de menos que yo viva desesperada por ti, mientras te dedicas a ignorarme.
Le cortó, pero estaba segura de que Damien ya estaba en camino, así que después de colgar, Chloé se levantó de la cama con ímpetu y se metió en el vestidor. Se quitó el pijama rápidamente y se puso un vestido de punto que resaltaba sus sinuosas curvas, se subió la cremallera a toda prisa y buscó un calzado adecuado. Fue hasta el baño, donde cepilló su cabello, se maquilló sutilmente para resaltar la luminosidad de sus profundos ojos azules, aplicó bastante brillo para destacar sus labios y salió. Después
de coger su bolso, bajó al aparcamiento. Vivía en la avenida
Foche y Trocadéro. Ya en el coche, se desvió hacia la Rue du Courson, donde aparcó un momento frente a Nicolas para comprar una botella de La Grande Dame Rosé.
Nunca había hecho lo que estaba a punto de hacer, pero la
empujaba una sensación de asfixia, de placer y de mareo; no le importaba saltarse todas las reglas, sabía que estaba actuando a ciegas, pero confiaba en sus encantos.
Pedro había terminado de cenar en su habitación.
El hotel tenía piscina y sauna, así que con esas comodidades a su alcance, se dispuso a disfrutarlas.
Subió a la azotea para dar unas brazadas, cansarse un poco y así poder conciliar mejor el sueño.
Después de nadar durante unos treinta minutos, salió de la piscina y regresó a la habitación. Le había llegado un whatsapp de Paula:
—Hola, mi amor... ¿qué estás haciendo?
—Tuvimos el mismo pensamiento, estaba por enviarte un whats, recién regreso de la piscina del hotel. ¿Qué hacías vos?
—Estoy esperando a Liliam; vamos a ir de compras y luego nos encontramos con Jacob,Luciana y Ruben para cenar en Per Se.
—¡Qué buen plan!
—Ah, no creas que tenía demasiadas ganas, me tuvieron que insistir bastante para que aceptara.
— Disfrutá, es un bonito lugar, apuesto a que cenarás muy bien. Te recomiendo que pruebes la degustación de verduras, estoy seguro de que te encantará. Cuando voy a ese lugar es lo que pido siempre.
—De acuerdo, lo pediré por vos. Pedro, necesito contarte algo, esperá que te llamo.
Paula respiró hondo y marcó el número de Pedro.
—Hola, bonita, ¿qué pasa?
—Hola, mi amor, nada, no te alarmes. Sólo quería comentarte algo que, por un motivo u otro no hice hasta ahora, pero no quiero dejar pasar otro día sin hacerlo. No
tiene importancia, pero quiero que lo sepas.
—¿Qué es Paula?
Ella cerró los ojos e intentó utilizar un tono despreocupado.
—El día que viajaste, cuando estaba a punto de salir del
aeropuerto, me encontré con Gabriel Iturbe que llegaba en un vuelo desde Mendoza.
Con sólo oír ese nombre, las alarmas y los celos de Pedro se pusieron a flor de piel, aunque quiso disimularlo.
—Y...
—Y nada, se había encontrado con mi hermano en San Rafael y Gonzalito le contó lo que me había pasado, estaba preocupado.
—Le dijiste que estabas bien y te fuiste, supongo.
De los ojos de Pedro salían chispazos y apretaba con fuerza su puño.
—Insistió en que tomáramos un café y fuimos al Starbucks del aeropuerto.
—¡Vaya, qué bien! ¿Te divertiste? —comentó él con
socarronería.
—Pedro, no pienses nada raro.
Sólo estaba interesado en mi estado y, además, me contó que su padre no estaba bien, que por eso había viajado. Se limitó sólo a eso, además Oscar nos acompañó, podés preguntarle, si querés, porque él lo presenció todo.
—¡Me importa una mierda! Tardaste dos días en decírmelo,
¡andá a otro con el cuento de que te habías olvidado! —le gritó Pedro.
—Me estás gritando, no te comportes como un estúpido
irracional.
—No, ya sé que soy un estúpido, no hace falta que me lo
digas. Yo, en París, trabajando y la señorita tomando un café con su examante.
—¡Pedro, sos un grosero! Sabés de sobra que Gabriel no fue mi amante y, si aún tenés esos pensamientos a pesar de que te dije hasta el cansancio que entre nosotros no pasó nada, bueno, en ese caso... no sé qué mierda hacés a mi lado si no confiás en mí.
—Ahora comprendo todo, ya entiendo por qué me lo contás,
porque estaba Oscar, si no hubiera sido así, te habrías hecho la despistada, ¿verdad?
—¿Pensás eso de mí? Claro,lo que pasa es que el señor
Alfonso mide a todos con su misma vara. Eso es lo que vos
hubieras hecho, ¿verdad? Contame, ¿no fuiste a comer ni a cenar aún con Chloé? Porque esa francesa, a pesar de que asegures que tu relación con ella es sólo profesional, tiene ganas de hincarte el diente. ¿O me vas a decir otra vez que estoy equivocada? Porque esa postura tuya la reconozco muy bien, la aprendí con Rachel. — Paula también gritaba y hablaba sin parar—. Y a mí también me importa una mierda lo que me digas, no soy estúpida, sé darme cuenta de los
signos que lanza una mujer cuando está interesada en un hombre. Pero ¿sabés qué? ¡Creo en tu amor y creo en vos por encima de todo! ¡Y andate a cagar, Pedro, me hartás con tu desconfianza! Me están tocando el timbre. Ciao.
Paula cortó y lo dejó con la palabra en la boca. Pedro estaba furioso; si hubiese estado en Nueva York habría ido hasta la casa de Gabriel Iturbe para dejarle bien claro que se alejara de Paula. Tenía ganas de molerlo a palos porque parecía no entender que con ella no podía tener nada.
—¡Maldición, cuando llegue a Nueva York, ese bróquer de mierda me va a escuchar!
Marcó el número de Paula, pero ella no le atendió. Le envió un whatsapp.
—Atendeme, Paula, porque me estás cabreando mucho.
—Ja, ja, ja, yo también estoy enfadada y no quiero escucharte. Andá a hacerte otros largos a la piscina, así se te pasa la calentura,chulito.
Llamaron a la puerta de la habitación de Pedro. «¿Quién mierda será? No he pedido nada...», pensó.
Abrió la puerta con tanto ímpetu que casi la arrancó del
marco. Al abrirla, se encontró allí con quien menos esperaba: Chloé estaba allí, de pie, de manera provocativa con una botella de champán en la mano; entró sin permiso, caminó hasta la sala y dejó apoyada la botella de La Grande Dame Rosé en la mesita baja, junto a su bolso. Se dio la
vuelta y se quedó quieta mirándolo.
Pedro se pasó la mano por el cabello, pero no dijo nada.
Ella, con un rápido movimiento, llevó sus manos a su espalda y se bajó la cremallera del vestido, que cayó al
suelo. Salió de dentro con habilidad y lanzó ligeramente la prenda en dirección a Pedro.
Había quedado desnuda frente a él; no llevaba ropa interior. Sus senos redondos y turgentes quedaron apuntando hacia
Pedro. Decidida a conseguir lo que había ido a buscar, se agachó con elegancia y cogió la botella que descansaba en la mesita, caminó hacia Pedro y le habló muy de cerca.
—¿Lo destapamos antes o después? —le dijo con una voz muy seductora, casi hablándole sobre sus labios.
Pedro le quitó la botella de la mano y después caminó hacia donde había quedado su vestido; se agachó y lo cogió. Chloé permanecía expectante de espaldas a él, con los ojos cerrados; lo esperaba ansiosa. Lo oyó aproximarse tras ella, pero Pedro la sorprendió colocándole el vestido sobre los hombros y hablándole al oído.
—Eres hermosa —le dijo mientras le pasaba su mano por el
brazo y la hacía estremecer—. En otro momento, ni siquiera hubieras tenido que venir de esta forma y desnudarte tomando la iniciativa, porque lo hubiera hecho yo; y créeme que lo hubiera hecho hace tiempo. Me siento muy halagado, de verdad, pero estoy enamorado de Paula y voy a casarme con ella en unos pocos meses.
Ella cerró sus ojos con fuerza y frunció sus labios. Jamás hubiera creído que Pedro la rechazaría teniéndola desnuda frente a él, expuesta y entregada. Se dio la vuelta y lo miró fijamente a los ojos; posó su mano en uno de los hombros de Pedro y con el dedo índice de la otra le recorrió el puente de la nariz, bajó a sus labios y le robó un beso sutil, apoyando sus carnosos labios en él. Pero no obtuvo respuesta, él se apartó y enarcó una ceja; luego, sin hablar,
frunció su boca, entrecerró los ojos y negó con la cabeza.
—Si quieres podemos tomarnos el champán —le propuso
Pedro mientras la recorría con la mirada de arriba abajo; Chloé tenía un cuerpo armonioso imposible de no admirar—. Es todo lo que podemos disfrutar juntos.
—No conozco a Paula, pero siento envidia de ella —suspiró con desánimo—. ¡Ay, Pedro, nos hubiéramos podido divertir mucho!
Chloé cogió el vestido que él tenía aún en sus manos y se lo puso.
Después le dio la espalda y le pidió ayuda con la cremallera;
caballerosamente, Pedro cogió el cierre intentando no tocarla y lo subió con prontitud.
—Me siento triste.
—No pienses mal, Chloé. Eres una mujer muy bella, es mi
responsabilidad, no la tuya.
—Creo que es mejor que me vaya, Pedro. Es una pena porque podríamos haberlo pasado muy bien sin que Paula se enterase: hubiera sido nuestro secreto.
Cogió su bolso y salió de la habitación. Estaba contrariada y
rabiosa, aunque no quería demostrarlo frente a él. No podía
creer que Pedro la hubiera rechazado después de que ella se le ofreciera en bandeja.
En el pasillo, sacó una foto de la puerta de la habitación con su móvil y se marchó
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